Hombre al agua

Editorial (o casi):

 

Dedico este texto al talento de Miguel Ángel Camero, quien hace ya una década –es decir, mucho antes en los lentos tiempos porteños– tuvo la idea de lanzar una iniciativa cultural digital mucho más ambiciosa que ésta que aquí presentamos y quien ahora se apresta, sin recelo, a colaborar con nosotros. Gracias, Miguel Ángel, mucho se te debe y lo sabes.
                                                                                                               aca

 

Estoy seguro de que existe un motivo para que un joven apriete entre tres dedos un lápiz y apunte en un papel una frase cualquiera. Como también estoy convencido de que existe un motivo para que ese u otro joven, apriete con cuatro dedos un clavo y escriba una raya, un surco, en la pintura impoluta de un automóvil modelo 2018.

Todavía hoy sigo siendo tan optimista que estoy seguro de que una chica celebrará más el que su chico le muestre la pintura recién hollada por un clavo en un coche último modelo, que un papel surcado con lápiz o con bic con las primeras líneas de un poema.

Ignoro de dónde me nace esta idea y no sé qué tiene qué ver lo anterior con la presentación de este nuevo blog. Pero alguna madrugada, siendo joven, rasgué la pintura de autos nuevos en calles oscuras del puerto. Mi primo, que iba a mi lado sonrió benévolo y en más de una ocasión me dijo: “¿por qué eres tan maldoso, primo?”. Pero yo no sentía remordimientos. A media calle tiraba el clavo y al llegar a casa cogía con tres dedos el lápiz e intentaba escribir poesía.

Años más tarde mi primo se comprometió en serio y no con maldades, puso en riesgo su vida y lo pagó con años de cárcel. Nunca lo visité en prisión digo con vergüenza inacabada. Yo ya no rayaba la pintura de coches relucientes pero continuaba intentando escribir poesía.

A través de años y años del viejo siglo veinte y los que van de éste, leyendo y escribiendo, más lo primero que lo segundo, intenté encontrar un sentido a la escritura ‒al menos a la mía‒ y de paso, de ser posible al resto de la que leí en  el trayecto. No encontré ninguno. Asistí a encuentros, conferencias, debates -yo iba tarde: era un muchacho de treinta i pocos cuando la mayoría de los asistentes sobrepasaban apenas los veinte. Eran eventos llenos de entusiasmo juvenil, discusiones, proyectos a medias, búsqueda de un sitial merecido para las letras futuras y lugar donde cada año se escuchaban las mismas quejas. El gobierno los organizaba con generosidad: buenos hoteles, buena comida e incluso, bajo cuerda, buenos alcoholes para los más allegados. Y ninguna respuesta para las quejas anuales.

Yo asistía a estos encuentros forzado por solidaridad amistosa e intentaba cumplir con mi obligación de invitado, preparaba mi material de lectura, me negaba a moderar mesas o participar en debates y nunca intenté ligar a ninguna escritora asistente ‒no por virtuoso sino porque estaba casado con una que se había quedado en casa‒; tomaba un poco, no hacía turismo, me pasaba horas encerrado en mi habitación. Mi única maldad entonces: como todo mundo regalaba libros, plaquets, revistas de su autoría y el material impreso suele ser muy pesado, él último día escondía todo aquello entre colchón y box y me marchaba tan campante. (En un momento hacia el aeropuerto o la central de autobuses, alguna vez llegué a pensar: ¿y qué tal si entre lo abandonado estaba la primera obra de un genio de las letras mexicanas? Pero ‒suspiro con alivio treinta i tantos años después‒: no estaba, pues nada deslumbrante ha surgido en tantos años desde entonces).

A veces me pregunto de qué habrían estado más orgullosos mis padres, ¿de que violara la pintura virgen de un coche, o rasgara con mala pluma un papel? Como sea, ahora puedo deciros, donde quiera que nunca estéis, que buscar un sentido a algo es una necedad, pero que es una necedad imprescindible. Sí, esto lo sabe ahora su viejo hijo al que dejasteis solo hace ya mucho tiempo-. (“Ah, la extraña ilusión de que algo escrito tiene un sentido sólo porque está escrito”, decía Raymond Chandler).

Una anécdota: De uno de esos encuentros, éste en Nuevo Laredo, guardo el recuerdo de una madrugada con gritos, golpes, llantos, televisores rotos, la  llegada de la policía. Tal encuentro era dirigido o coordinado por el poeta Roberto Vallarino ‒también organizador de la batahola‒, de quien se decía que en rapto de pasión, Opax lo había nombrado el próximo gran poeta mexicano, después de él, claro, y ese título ostentaba cual bandera. Para no quedarse atrás, Vallarino ya había otorgado el beso del diablo y había nombrado al siguiente gran poeta mexicano: Samuel Noyola, un chico guapo, jovencísimo, de rubios rulos. Ahora Vallarino tiene quince años muerto y Samuel Noyola desapareció hace varios años en la Ciudad de México donde se ocupaba como franelero afuera de un restaurante. ¡¿Quién demonios rayó el coche, quién demonios rayó el coche?! ¿Nadie? ¡¿Nadie rayó el maldito coche?! Me despierto alguna noche sudoroso.

Con todo, los que escribimos tenemos una cierta debilidad por las  publicaciones, más que por las individuales, por las colectivas, las revistas ‒también las hoy traducidas al lenguaje binario y luego otra vez al humano qué enredijo‒; a sabiendas de que las revistas culturales provincianas siempre carecen de oficinas, me imagino en una formal ventanilla de nuestras oficinas, con corbatita de moño, entregando el nuevo número en las manos del olvido que ha pasado puntualmente a recogerla con sonrisa ininteligible mientras afuera brilla al sol una bella motoneta cromada. Un niño pequeño al pasar raya con desprecio el cromo. Cuando el mensajero del olvido se marcha, se le caen en la banqueta varios ejemplares de la revista; ni cuenta se da, tampoco, de la herida en el cromo.

Yo mencioné la idea de este blog ‒revista cultural‒ en una charla con Ana Elena Díaz Alejo y Ana la tomó al vuelo con mayor entusiasmo del que yo tenía al proponerlo. (Esto me espantó un poco). No recuerdo si estábamos en su casa o en la de More Castillo. Pero más me espantó que me propusiera como director. Yo no quise decirle que se me dificulta mucho trabajar en equipo y que, cuando es así, tengo marcadas tendencias dictatoriales: aquí se lo digo.

Luego me ha dado gusto que aquellos a quienes invitamos a colaborar hayan  aceptado con rápido entusiasmo y cumplido con los tiempos de entrega con seriedad ‒todos más jóvenes que quienes llevamos esta iniciativa. Pertenecientes a dos o tres distintas generaciones, son voces serias, dedicadas, empeñadas en labrarse un camino. Y otras con un camino ya avanzado con no menos dedicación. Nos gusta estar junto a ellos en esta nave a la que trepamos recién con paso inseguro y que como quiera va, irá. Llegará. O no llegará nunca porque nunca se ha tratado de llegar. El capitán puede enloquecer en cualquier momento pero en los barcos siempre hay un clavo lo suficientemente grande como para quebrar un pecho en dos… “(En un escritor) debe haber idealismo pero también desprecio”. Otra vez Chandler.

Siempre quise que la escritura ‒el arte‒ estuvieran al servicio del hombre en las desgarradoras luchas consigo mismo, por su país, por su tiempo. Creo que es el único destino válido del arte si ha de tener un destino. Tal vez por eso me vino a la memoria mi mano rayando la pintura de coches relucientes en las madrugadas mientras mi querido primo pensaba en revoluciones y yo concluía después la noche escribiendo estúpidos poemas. Las revoluciones son posibles sin poesía; pero la poesía no es posible sin rabia.

Bienvenidos sean amigos artistas y probables lectores a esta nave que se prepara a surcar mares amargos y, por lo mismo, dulces. Los que estamos por botar la nave al agua prometemos ser fieles.

Pero ustedes, por favor, por favor, por favor, no olviden el clavo.

aca/sep. 2