HOMBRE AL AGUA

YLANAVEVA… ¿PARA DÓNDE?

 

La verdad es parcial, accesible solamente cuando uno toma partido, sin que por ello sea menos universal.
Slavoj Zizek

 

Antecedentes penosos.

Mi nombre es Arturo Castillo Alva, nací en 1946 y estoy triste. O tal vez deba escribir: y soy triste. Ello no me impide decir que me he divertido mucho en la vida; mucho más de lo que esperaba, pero menos de lo que soñaba, claro, parado a los dieciocho en la esquina de Soto La Marina y Aquiles Serdán ostentando con desenfado toda mi juvenil belleza, con un saludable cigarrillo en la mano y casi sin dinero en los bolsillos.

Gustos personales: …Ah y me gustaba Ana, me gustaban los arbustos que llamaban tulipanes, me gustaban los durmientes donde descansaban los raíles del tranvía y sí, mucho, los adorables tranvías viejos donde viajaba el viento. Creo que fue entonces que dios me dijo al oído: “Bueno, pues yo aquí te dejo. Arréglatelas como puedas. Y si cuando vayas a morir tienes miedo, pues me llamas aunque, francamente, no creo que vaya a poder hacer nada por ti ni por nadie. Estoy cansado y ya toda esta creación me vale madre”. “No mames, dios”, le dije pero todavía no se por qué.

Empecé a leer a los doce años. Y leer se convirtió en una de las grandes diversiones de mi vida. Desde entonces nunca leí un libro que me aburriera, que no me gustara; cuando esto pasaba el libro se cerraba para mi y no volvía a abrirlo. No sentía obligación con ellos: ni estaba en una odiosa escuela ni estaba preparándome para ser culto.

Sin embargo, un día, a los veintitantos, me levanté de la cama con la idea de que debería ser eso. Que me vería más atractivo siéndolo. No sé de dónde surgió tan vomitiva ocurrencia, pienso que tal vez me desperté muy crudo. Me apresté a iniciarme en la cultura leyendo algunos clásicos. Compré en abonos cinco gruesos tomos forrados de piel -espero que humana- de los que solo leí uno y tardé un largo año pagando el resto. Mi estúpida ocurrencia de ser culto terminó mucho antes de que concluyera de pagar los malditos abonos de los cabrones clásicos que siguen en alguno de mis libreros con la piel tan ajada como mi propia piel y olvidados para siempre de mis ojos.

Otra de las grandes diversiones de mi vida ha sido escribir, lo que pudiera y como pudiera. Nunca sentí que esa escritura tuviera alguna importancia para mi propia vida, y que fuera de algún modo oscuro o luminoso, a cambiarla. Por algo escribí los primeros diez años en el más profundo de los secretos. Ni mis amigos más queridos ni las mujeres que en esos años amé, sospecharon siquiera que por las noches, antes de dormir, en la cocina de mi casa ¡olvidándome de ellos y de ellas!, diariamente me pusiera a escribir. Y estoy seguro que aunque por algún resquicio hubiera escapado mínima huella de aquel secreto bobo, a ninguno de ellos les hubiera interesado indagar más… ¿para qué? Y todavía: aunque alguno lo hubiera sabido todo, seguro habría dicho sin darle mayor importancia: “¿Escribes? ¡Qué jotería!”

Así que escribir para mi siempre fue una diversión sin importancia y, por lo mismo, sin consecuencias. Sesenta años más tarde me sigue divirtiendo escribir. Me ilusiono, me encabrono, lloro o me rio con la misma intensidad que cuando fui joven porque escribir tiene esa ventaja -cada vez que empiezas a hacerlo comienzas de cero, dijo el viejo Chandler-. Volví a mi casa vacía para dedicarme a escribir por las mañanas con la computadora en ristre, una libreta y dos plumas. Cariñosamente y sin decirme, Olivia había arreglado la recámara más pequeña para que me sentara a escribir allí. Encendí la computadora y me quedé mirando un momento la pantalla blanquecina, entonces la eché hacia atrás, abrí la libreta, tome la pluma y comencé a escribir. Y nomás tirar los primeros trazos todo se borró y volví a ser el ignorante y alegre muchacho de doce años que nada sabía del mundo ni de la vida, que no sabía hacia donde se encaminaban sus palabras, ni sabía cómo se acomodarían éstas en un discurso si es que al final había un discurso. Ah, los doce años que he tenido en sesenta años, desde los primeros doce hasta los doce de esa mañana en la casa vacía a los setentaiuno, sólo me confirman que he vivido más de la mitad de mi vida sumergido en la dulce ignorancia primera. Y lectura y escritura no me impidieron ser un hombre común: ser un joven comunista, un militante irresponsable, un turbio y mezquino amante de S o M, un mal esposo de Gloria, un padre regular de Amaranta, un marido aceptable de Olivia, un amigo fiel, un borracho vulgar, un enemigo vengativo y ejercer media vida de obrero.

Poco antes de cumplir los cuarenta hubo un gran tropiezo que habría de convertir mis años siguientes en un lastimoso currículum. No me exculpo, en un momento de debilidad yo lo prohijé en parte; la otra parte la hizo un pueblo pequeño y sin pasado, anhelante de entronizar sus campeones de barrio y, por ello, capaz del supremo ridículo de hacer una estatua a un hombre cuya virtud fue padecer una enfermedad que lo volvió deforme. (No era yo, me apresuro a aclarar). Mi vida se alteró. Mmmh… No me quejo demasiado -¿será cierto?-, porque como sea continué en mis labores de siempre: leer y escribir. Preocuparme y maldecir. Reír y cortar el césped. Beber un café con mis pocos amigos. Chismear con mis compañeros petroleros. Emborracharme solo.

En realidad, nunca fui un hombre ambicioso ni de altas miras. (Recibí más de lo que pedí y mucho más de lo que soy capaz de dar porque soy un tipo egoísta). Tal vez por eso prefiero un texto mal escrito que me diga algo -a mi, el hombre común-, a un texto excelente que no me diga nada. Desprecio la vacuidad de las grandes catedrales verbales pobladas de santos en los que no creo, y cuyos milagros artísticos han sido por centurias para la saludyelgozo -y la salvaguarda de privilegios-, de los poderosos. Odio la palabra cultura en la parte que engloba al arte. Y la palabra artista me parece una onomatopeya, un ruido extraño, el crujir de la cucaracha al ser aplastada por la suela de un zapato. Desde hace cuarenta años que empezaron a hacerlo siempre me molestó que me llamaran escritor y me avergonzaba de veras que me dijeran poeta. Odio esos términos referidos a mi persona. Tampoco soy maestro pues jamás enseñé nada a nadie. Y algo que me aburre mortalmente es que alguien se ponga a hablar de literatura en mi presencia o que ingenuamente piense que yo tengo una opinión que dar. Y creo que con los años me he vuelto lo mismo insoportable que insoportante. Leyendo algún manual de sicología o algún artículo breve en tvynovelas -mi siquiatra se niega a catalogarme-, he conseguido ubicarme como un neurótico-depresivo que, a pesar de todo, nunca tuvo deseos de suicidarse. ¿Para qué si la vida -y el estado- se encargan de suicidarte un poco a diario?

Así que, como no les estaba contando -¿y por qué habría de contarles?-, un día platiqué a Ana Elena Díaz Alejo algo que se me había ocurrido en los largos ratos de ocio en que me hamaco. Y a lo mejor ella estaba distraída o ya traía revoloteando su propia idea. Total, que lo que quedó semiarmado sobre la mesa entre boronas de galletas y una hormiga audaz, fue una revista cultural a la que esa misma tarde Ana Elena sugirió que yo buscara nombre.

YlanaveVa, le escribí al día siguiente en un email. Porque me encantó la película de Fellini aunque la crítica haya dicho que no era de lo mejor; porque yo una vez hice una revista llamada Mar abierta; porque Ana Elena hizo otra llamada Saloma, también evocación marina. Ella y yo usábamos un barco de vela como símbolo. Este barco era de vapor y pertenecía a la primera mitad del siglo veinte. Bien.

Enseguida decidí que la directora sería Ana Elena y ella a su vez decidió que el director fuera yo. El consejo editorial no acababa de cuadrar y no cuadró hasta que invitamos a Josué Iván Picazo, un talentoso joven tampiqueño. Mientras tanto, Beatriz Durán ya estaba metida en la tarea de armar lo armable y diseñar lo diseñable. Así, Lanave soltó amarras con un poco de timidez, pienso yo. No había nadie en el muelle y nadie, nadie celebraba. No caía llovizna gris para dar toque cachondo. La banda se había emborrachado y no se ponían de acuerdo entre el ‘Submarino amarillo’ y la ‘Marcha Zacatecas’.

Los barcos de madera se calafateaban. ¿Los barcos metálicos, antaño remachados, ahora soldados, se calafatean? No lo creo aunque en realidad lo ignoro. Pero en todos lados hay junturas ¿no?, por todo sitio puede el agua filtrarse. Entre tablones de amor se filtra,

por ejemplo el resentimiento y entonces, todos lo sabemos, el amor se pudre. Lo que escapa por las junturas huele mal. “Mujer, a ver si hoy llamas al calafateador, no jodas, tengo una semana diciéndote, ¿te vale madre o qué?”. A la soldadura le toman radiografías para ver si no hay poros. (Tengo un amigo que se dedica a eso: gana mucho dinero). El grumete (nunca he sabido qué es un grumete y no voy a investigarlo ahora; es lo bonito de escribir, tienes licencia para ignorarlo todo), se acerca alarmado al capitán del navío: “Capitán, por un poro de soldadura en estribor se está filtrando un miedo de su chingada madre”. El Capitán toma su megáfono -ya no se usan pero igual vale: “¡Todos a los botes salvavidas! ¡Los niños al último! Y corre Dicaprio con su belleza a cuestas, no la suya que a quién le importa, sino la de Kate Winslet.

kate

Entonces qué pasa, qué… Los músicos tocan hasta el final como en la más chafa de las fantasías jolivudescas donde todas las fantasías son chafas, mientras en Italia, en la vida real, el capitán baja el primero de la nave y desde su habitación en un hotel no distante del muelle, mientras su whisky enfría con movimiento suave de muñeca, grita por la ventana asaz divertido: “¡Ora si, cabrones, sálvese el que pueda! O mejor: ¡Ya me tenían hasta la madre, hijos de la chingada!”

Pero qué, pero qué. Pero qué. Admiro a la doctora Díaz Alejo -que no le gusta que la doctoreen-; si hay algo divertido en el mundo a más de leer y escribir y pelear cuando se pueda, es discutir con una persona inteligente -y fíjense que no digo culta-. Inteligente es suficiente; nunca saber por donde viene el espadazo, tratar de esquivarlo, lanzar el tuyo. No hay recovecos ni engañifas: hay juicios duros, puñales. Ni siquiera ¡ay, el filo rozó tu hombro!, rencor o dolor. Cuando algo de eso sucede y salgo luego de casa de Ana Elena, no me siento cansado; al revés, me siento como revitalizado, como si hubiera dispuesto de litros de oxígeno puro. Me pasa lo mismo cuando discuto con mi hija.

Y eso que Ana Elena Díaz Alejo tiene casi ochenta años (a lo mejor cometo una indiscreción poco cortés al decir su edad) y yo setentaiuno. Pertenecemos a la misma generación de tampiqueños con la salvedad de que ella dejó el puerto muy joven y yo permanecí. Ella sabe, yo ignoro. A lo mejor ella ama, a lo mejor yo odio… ¿quién podría saberlo?

Hace pocos días, sin decir nada a Ana Elena ni a Olivia ni a Kate Winslet fui a esconderme en la popa entre el humo que desprende la más alta de la chimeneas del vapor: me acodé en el barandal y me puse a pensar en los años. En la estela que la propela del barco dejaba atrás el agua copulaba furiosa; luego se tendía a descansar en el vasto mar, maldije: ¡Tendréis hijos de plástico por los siglos de los siglos!. Pensé que setentiún años no era una edad propicia para dirigir una revista que está creciendo. Que a veces me asusta, a veces me da flojera. Entonces decidí escribir a dos jóvenes tampiqueños para que consideraran la posibilidad de, en corto plazo, tomar mi lugar en la dirección de Lanave. Uno no aceptó -sus razones expuso-, del otro aún espero respuesta…

Aaah… ¿Escucháis la ronca sirena? Es la nave. Que va. ¿A quién le importa a dónde? Oh, Kate, oh, Kate, oh Kate, corramos a proa, juguemos a la estúpida idea de ser mascarones. Yo soy un mascarón.

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