SIN TAMBORES NI TROMPETAS

Ilustración: CARLOS SENS

Emilio Benavides Osorio

 

FALSO RADIO VIEJO

 

Al despertar de la siesta se encuentra uno en peor estado que al acostarse. Cuando menos a mí me pasa. Mejor me voy a donde está la computadora para ver si se me ocurre algo; ¿pero qué se me puede ocurrir si siempre tengo la impresión de que a mí no me pasa nada que valga la pena de escribirse? Así que voy al lugar donde la computadora estorba el paso, donde permanezco sentado frente a la pantalla apagada largo rato… ¿veinte segundos?, ¿cinco minutos?… ¿una hora?; el cerebro adormilado no puede dar fe de nada en ese momento. Es sabido que Einstein, al descubrir la formula del entresueño, comprobó que las ondas mentales no sólo se curvan como las de la luz en el espacio sideral, sino que se vuelven chiclosas tiras elásticas que se pegan en la mollera y producen horribles pesadillas instantáneas… Más dormido que despierto me puse de pie y en cámara lenta floté ingrávido como astronauta en el espacio… con pasmosa lentitud, como si caminara en la superficie pedregosa de la luna, recorrí la larga distancia de dos metros hasta llegar al tocadiscos con apariencia de radio viejo que compramos los que vivimos atrapados en el pasado… en ese pasado en el que aun cabían en la sala los muebles, entre los que no faltaban aquellos tan voluminosos que se podían poner directamente en el piso. Cuadrados o curvos, de madera de verdad (todavía no se inventaba el fraude del aglomerado), que llegaban a alcanzar el tamaño de una rokola de ese instrumento de tortura llamado karaoke. Aquellos armatostes de antaño tenían en su interior un radio con grandes bulbos de vidrio que se reponían al fundirse; esos radios que duraban para siempre, en los que, desde Progreso, el papá Rafael podía sintonizar la XEW de México: “¡De Sonora a Yucatán, todos usan sombreros Tardán!” o la radio de la Habana antes de Fidel, incluso antes de Tres Patines: “¡Partagás! ¡El cigarro que gusta más!” ¡Oh, aquellos tiempos!… Giro del botón ON/OF hasta VOLUMEN MAX, se levanta el brazo del tocadiscos, en lo que me pongo los audífonos lleva la aguja al borde del disco que duerme hace meses ahí… chasquido rasposo del inicio del disco rayado… suena la estridente alegría de una música… Mi mamá oía mucho este disco que de algún modo la remontaba a su querido Puerto Progreso… al Tío Agustín, su hermano con sus hijos y nietos, a sus sobrinos Hortensia y Anacleto: Tenchita y Chelo (en Yucatán se le dice “chel” a un “güero”), él hasta los últimos días de su vida pianista de bar, ella esposa del profesor Ernesto Solís, que pintó en una escuela de Mérida un mural de tema proletario, según la moda pictórico-social de aquellos tiempos. Ambos fueron padres del primo Ernesto (“Neto”), hijo único, muerto a sus treinta y cuatro años en trágico accidente en la carretera entre Progreso y Mérida, suceso que acabó algún tiempo después con las vidas de sus padres… Los hijos del Tío Agustín: María del Carmen, “Maruca”, Miriam, Rolando y “Pepe”, él también de trágico final según las incompletas, confusas y últimas noticias fidedignas que nos llegaron de Progreso, enviadas por los últimos familiares conocidos que iban quedando, las cuales, con el paso del tiempo, se volvió imposible confirmar…

En 1942 o 43 llegué a tierras jaibas con mi familia en el barco mercante Uxmal. Eran tiempos en que aún no finalizaba la segunda guerra mundial y se rumoraba que rondaban submarinos alemanes en el Golfo de México, así que nos acompañó siempre a la vista un pequeño guardacostas artillado que quién sabe de qué hubiera servido en el caso de que emergiera de pronto de las aguas del Golfo de México un submarino nazi. Lo bueno fue que después de varios días de navegación en un mar borrascoso (era un norteado noviembre), al instante de entrar el Uxmal por la bocana del Pánuco, ya con las escolleras de lado y lado, se nos quitó, como por milagro, la horrible nausea que durante los últimos tres días no nos había permitido probar alimento a mi mamá y a mí. Lo cierto fue que así llegamos a Tampico y así comenzó la tristeza que mi mamá vivió por años y que le produjo padecimientos que estoy seguro ya no la abandonaron a pesar de que el tiempo terminó dándole algo parecido a la resignación… El matrimonio del primo Neto y Araceli produjo dos hijos, en orden de aparición Ernesto y Neri… Su viuda Araceli se volvió a casar con un gringo y al poco tiempo murió de alguna enfermedad… del gringo no supe más, se esfumó en la nada… A la hermana de mi mamá, Hortensia “Tencha” y a Don Anacleto, su porfiriano esposo de espeso bigote blanco, bastante mayor que ella, solo los conocí en fotografía… aunque creo conservar un brumoso recuerdo de ellos, cuando mi mamá nos llevaba de visita a la casa de su hermana, a una cuadra de la plaza principal; casa de altos techos de teja, con puerta al frente de doble hoja con sus correspondientes contraventanas… la mamá de mi mamá, se llamaba Petronila… Al abuelo Juan lo conocí ya en su silla de ruedas, cuando me llevó mi mamá a su pobre choza al borde de la ciénaga plagada de moscos y el abuelo, que en sus buenos tiempos había sido músico, tocó en su violín para mí algo muy melancólico. Ya muerta la abuela Petronila, su mujer era entonces María, de la que todo lo que recuerdo es que era una señora de baja estatura… Al paso del triste recuerdo del violín del abuelo Juan, salta la música alegre que brota del tocadiscos… me hace olvidar el infernal calor del verano, la somnolencia desoladora de la tarde; parece sonar en alguna parte ignorada de mi aturdido cerebro. De fondo suena el raspado que el uso grabó en los surcos del disco.

Con frecuencia mi mamá, que había nacido en Ciudad del Carmen, Campeche, tarareaba o cantaba partes de la letra de las canciones en sus inacabables quehaceres. Amaba la música del sureste, nuestro paraíso añorado. En aquel tiempo Ciudad del Carmen parecía un milagro olvidado en un pliegue del tiempo, de casas con ventanas enrejadas de madera, las que proseguían intocadas cuando, pasados más de cuarenta años, ella volvió a pasar por su pueblo viajando en mi compañía desde Mérida, de regreso a Tampico. “¡Míralas, ahí están!, me decía secándose las lágrimas. No sé si las rejas de madera sigan ahí, pero supongo que el paso aplastante de la “modernidad”, arrasó también con Ciudad del Carmen…

Meses después de morir mi hermana Rosario, regresé a nuestra casa los discos que le había prestado. Le había llevado el viejo tocadiscos, sobreviviente de la fiebre musical de nuestra adolescencia. También le llevé discos, sobre todo música de ballet, con la esperanza de que le ayudarían a sobrellevar la soledad que le dejó la partida de mamá. Ella casi no los escuchó; su carácter se había vuelto más reservado, reseco; generalmente ensimismada, rehuía hablar de papá y mamá.

Por muchos años viví convencido de que la música de Yucatán había ya rebasado mis niveles de tolerancia folclórica, como me sucede hoy en día con el reinado del huapango y del reguetón, pero ahora, como por un embrujo, la música del disco rayado invadía, a partir de los audífonos mi oído y de ahí se filtraba a todo el cuerpo, e incluso se desbordaba alrededor de mí anulando las sensaciones desagradables del calor de la tarde. Emociones desbocadas se me agolpaban en los ojos hasta producirme dolor entre el nacimiento de la frente y el tabique de la nariz, la respiración me era insuficiente, mis ojos lagrimeaban… el disco por tantos años olvidado, sonaba con una fiereza desconcertante; me llenaba una nostalgia incontenible con la entonación de las voces entre el rasgueo de las cuerdas

de las guitarras o el golpe preciso de las teclas del piano, con el escándalo irrevocable del timbalero invitando al zapateado de la jarana yucateca… al que me fue imposible entregarme pues una extraña torpeza me impedía ponerme de pie, aparte de que entre mis habilidades dancísticas no se incluye ese género de nuestro folclore patrio.

Pero… se acabó el lado “A” del disco… En los audífonos pareció vibrar el silencio misterioso y reconfortante del vacío… y desperté a la rutina desabrida de ese día cualquiera de los últimos del verano… Volvieron a sonar los ruidos de la calle, los comunes del tráfico y los ubicuos, estruendosos, irritantes, de las interminables obras de instalación del drenaje. No recuerdo cuantos meses hace (desde febrero según el amigo de la esquina) que los socavones y el lodo, los cerros de piedras, tubos, fierros y grúas como saurios antediluvianos, obstruyen la calle en ambos extremos de la cuadra, dejándonos en una especie de callejón sin salida y convirtiendo los alrededores en accidentadas rutas escenográficas, en las que por las noches, a la luz de los faroles, se proyecta en las paredes el deambular de la contrahecha sombra del vampiro escapado de El gabinete del Doctor Caligari…

Desperté sobresaltado en mi silla frente a la pantalla apagada de la computadora, a la realidad en que las horas de sol se harían interminables antes del anochecer… Aquí el calor en verano no cede durante las veinticuatro horas del día… Espero no tener que chapotear una vez más esta noche en la charca fangosa del insomnio… Van a dar las cuatro y media de la tarde… Con urgencia necesito una humeante taza de café…