NOCHE SIN LUNA CON VESTIDO MALVA

Ilustración: CARLOS SENS

Graciela Ramos

NOCHE SIN LUNA CON VESTIDO MALVA

 

 

Escucho su voz dulce diciendo algo sobre la moderación en la bebida mientras que, con indiferencia, cruza sus bellas piernas y deja reposar su delgada figura sobre el blando sillón. No parecen interesarle las miradas sorprendidas de los que están tomando algún jaibol o copa de coñac en la fiesta; uno de ellos bromea alegando no haberla escuchado bien, y ella repite:

—Hasta una gota de alcohol puede dañar el hígado y el cerebro.

Y sigue manteniendo la misma sonrisa y su apacible mirada.

Así es mamá.

Se ve hermosa con ese vestido; le gusta ponerles nombre y éste es “el de muaré color malva”, la tela sedosa parece agua de un lago de donde ella brotara fresca y perfumada de lirios. Yo veo todo desde el sofá del rincón donde me recostaron creyéndome dormida; a los demás niños los mandaron a otra sala de esta casa que está bonita pero afuera de la ciudad.

Los amigos y familiares están sentados a la mesa, o bailando, o escuchando la canción de moda, “Mi cafetal”, o la otra de “que se quede el infinito sin estrellas”. Es el cumpleaños de alguien. Cierro los ojos; en sueños oigo campanadas de reloj marcando media noche; escucho “Las mañanitas”, aplausos, voces, se felicitan, se abrazan; risas, brindis, chocan las copas y más música; tiempo después reconozco las voces de mis padres despidiéndose de los anfitriones.

Al salir, papá me lleva en brazos y así no siento frío. Pronto iré calientita en el regazo de mamá. Él se acomoda en el asiento, enciende los faros del Ford 54 nuevecito, color verde, y toma el volante rumbo a la brecha.

En el camino de pura tierra yo cierro los ojos y adivino los matorrales porque siento los huizaches rasguñar la lámina al paso del coche.

—Noche como boca de lobo— dice mamá.

Él le responde que sí porque no hay luna, y sigue manejando y silbando bajito el corrido de los contrabandistas y los aduanales. Yo me entretengo adivinando más cosas: cuando mamá y yo sentimos que nos vamos de lado, adivino que entramos a la curva; al volver a quedar derechitas, es que ya la pasamos.

De pronto la luz de unos faros entra de golpe por el parabrisas.

Entrecierro mis párpados y veo un auto atravesado en el camino; una figura sale y nos hace señas de parar. Nos detenemos y, sin saber cómo, de pronto junto a papá está un hombre, le veo la cara, una manga de uniforme de militar, su mano temblorosa y una pistola.

—Baje, amigo, ayúdeme por las buenas o si no… Su voz es gruesa, rasposa, y huele mucho a alcohol.

Papá baja de inmediato y sin titubear y los dos caminan hacia el auto del extraño que va apuntándole a la cabeza. Los faros de los dos coches juntos alumbran casi como de día y entonces veo algo más: hay una mujer tirada en el camino. Tiene el cabello amarillo y la cara ensangrentada, creo que está muerta. El sujeto tambaleándose ordena cargarla al tiempo que mantiene la pistola pegada a la sien de papá, quien camina lentamente, la levanta del suelo y la lleva hasta el militar; éste abre su cajuela y le manda meter allí el cuerpo de la mujer.

Las órdenes son acatadas con calma por papá pasan cerca, el hombre voltea para dentro del coche, nos ve con mirada horrible y ensaya una sonrisa que parece de demonio; apresura a papá llevándolo a empellones hacia los matorrales, siempre con la pistola cerca, muy cerca de la sien; de pronto, mi padre voltea hacia nosotras, sólo por un instante, y como si en esa mirada tomara vuelo, su puño gira y va a estrellarse furioso en el hinchado rostro del abusador, lo violenta hasta hacerle soltar el arma, y sigue, salvaje, no para, los golpes arremeten, caen fieros, se renuevan, remachan, siguen, enardecidos, ya parecen nunca parar, y se detendrá sólo hasta después de dejarlo inmóvil en el suelo. Nosotras desde el auto vemos que el hombre ya no se mueve, que ahora es él quien está lleno de sangre, igual que la mujer de cabello rubio, y papá vuelve a abrir la cajuela y lo avienta ahí dentro y la cierra de golpe.

Cuando vemos que papá ya viene hacia nosotras, mamá sonríe conmigo y sé que sus ojos iluminarán más la noche oscura el resto del viaje; me froto en su vestido de muaré malva cuando me acuna en su regazo, mientras ella vuelve a murmurar:

—Siempre se ha sabido: el alcohol daña al hígado y al cerebro.

Es que así es mamá.