Mujer de vuelos

Ilustración: CARLOS SENS

Erika Said Izaguirre

 

CRÍTICA A UNA CRÍTICA DE ROBERTO BOLAÑO

 

Surfeando por la maravillosa mar del Internet, la otra vez me topé con un artículo publicado en El Confidencial el 6 de octubre del 2016 por el español Alberto Olmos. Se titula Bolaño y yo: la historia jamás contada y en él su autor se dedica a expresar su opinión sobre Roberto Bolaño, a quien percibe como un escritor sobrevalorado. Utilizando juicios subjetivos, nos comunica que el autor de bestsellers como Los Detectives Salvajes y 2666 es, en resumen, una porquería; no sólo como escritor, sino también como persona. El texto comienza haciendo referencia al “fenómeno Bolaño” en el cual, según explica Olmos: “poder mostrar fotos con Bolaño y haber cruzado con él algunas palabras, se fue volviendo con el paso de los años algo excepcionalmente referible, sobre todo a partir de su muerte, momento en el que su figura agigantada hasta el delirio se afilió a la hermandad de inmortales donde Borges, García Márquez o Vargas Llosa llevaban décadas de monótono oligopolio”. Después, según la percepción que se creó el autor del texto sobre Bolaño durante una o dos ocasiones que lo conoció en persona, lo describe como sucio, pobre, de semblante enfermizo y mal gusto para vestir, que “elogiaba desmedidamente a cualquier autor o a cualquier pieza de literatura … un señor que lo tenía todo para fracasar”.

Al menos Olmos es honesto en su artículo y deja entrever que desprecia a Bolaño porque le ganó en el certamen del Premio Herralde de Literatura, donde él sólo obtuvo mención honorífica (aunque en realidad en su artículo lo niegue: “Que Los detectives salvajes quedara por delante de mi novela de debut no ha afectado a mi juicio sobre su obra completa pues, a fin de cuentas y como dice el rapero, en 1998 Bolaño jugaba ‘al mismo deporte en otra liga”). En mi experiencia como escritora, he escuchado de varios amigos que una mención honorífica es lo peor que puede pasarles, pues novela que obtiene mención, novela que “se quema”, ya que al ser publicado su título en los medios como mención honorífica, se hace público que uno es autor de una novela medio buena, pero no tan buena, además de que se pierde la oportunidad de volverla a someter a concursos. Sí creo que sería un desperdicio “quemar” una novela y, pobre Olmos, su esfuerzo le debió haber costado escribir la suya.

Mientras Bolaño goza de una fama sin precedentes para un autor de su generación, el autor del artículo sólo cuenta con su columna en El Confidencial. El texto de Olmos habla indirectamente de su propia miseria, quizá se pregunta qué hubiera sucedido si Bolaño no se hubiera metido en medio de él y el premio Herralde, ¿será que, con su buen gusto para vestir y su mesura al emitir juicios sobre otros autores, Olmos hubiera obtenido toda la fama y respeto que Bolaño obtuvo? Probablemente esa es su fantasía, aunque hay muchas cosas que este señor no está observando:

Bolaño no es lo que es sólo por su escritura, lo extraliterario cuenta. Se consagró en la mente de los medios de comunicación y en el imaginario de los jóvenes como un poeta maldito posmoderno, un hombre que fue marginal de la literatura durante su vida, que murió en la pobreza sin saber que póstumamente se le reconocería como uno de los más grandes escritores latinoamericanos de su tiempo, algo así como lo que le sucedió a Edgar Allan Poe hace siglo y medio. Chileno emigrado a México, formó parte de los Infrarrealistas, saboteó varias presentaciones de Octavio Paz, no tenía dinero y debió escribir 2666 en su lecho de

muerte como recurso para no dejar a su familia sin un centavo. Son todos estos factores los que lo convirtieron en leyenda, en la versión latinoamericana de Neal Cassady o Jack Kerouac. El escritor desvalido común –que somos la mayoría de quienes escribimos hoy en día-, personaje que además puede tener algo de inmigrante, rebelde, marginal y pobre, se identifica con la persona de Bolaño y, por consiguiente, con la manera en que expresa esa personalidad a través de sus libros. Si, como dice Olmos, Bolaño elogiaba desmedidamente a cualquier autor o pieza de literatura, seguramente lo hacía porque tenía una enorme capacidad de impresión. Fascinarse con todo es esencial para ser buen escritor.

En conclusión, el artículo de Olmos me pareció una sátira, como si lo hubiera escrito con una ironía oculta, tratando de burlarse de todos nosotros. Como si fuera él mismo el personaje de una narración en donde el perdedor es “un mal perdedor”, donde su megalomanía y su estrechez de mente le impiden ver las virtudes del contrincante que le ganó. Pero no, todo parece indicar que el artículo es serio y que ese Alberto Olmos es quien es en la vida real y no como personaje de ficción. Al mencionar a Piglia, Aira, Vallejo, Bellatín y Fuguet como autores comparables con Bolaño a pesar de no gozar “ni remotamente de la fama” de este último, intenta justificar que, más allá de lo extraliterario, los textos del chileno no valen.

Y aquí es donde yo, como estudiosa de la literatura, podría rebatirlo, pues he leído a esos autores latinoamericanos de la misma generación de Bolaño y ninguno me ha aportado el nivel de entretenimiento y de sensaciones que me provocan los textos de este último, de quien las novelas son mis favoritas pero los cuentos no me desagradan y los poemas representan, definitivamente, el tipo de poema propio de nuestra época, un parteaguas de la poesía pos-pos-posmo (léase con ironía). Aira, por ejemplo, creo que goza de un éxito inmerecido, es bueno, es inteligente, la Academia lo adora, pero en veces carece de sentimiento, es demasiado cerebral, su estilo me parece repetitivo, más propio para leerse desde la Academia, pues sus textos, aún los ficticios, son más ensayo que ficción, más crónica que novela. Fuguet y Vallejo, por otra parte, en veces bajan sus niveles de calidad, quizá porque son más comerciales y se entregan a las leyes del mercado. El último de esos dos, además, me parece un refrito de los escritores del Boom, claro, con su toque personal y tratando temas propios de la era post-Pablo Escobar, pero aún en la misma tradición literaria.

Bolaño es innovador a otros niveles, se nota en su prosa una variedad de lecturas que van desde literatura clásica hasta ciencia ficción. Dice Olmos que peca de narrarlo todo “particularmente qué comen los personajes y qué llevan puesto”. Pues yo le preguntaría al señor Olmos: ¿qué acaso no hace eso mismo Tolstoi, sin duda uno de los grandes de la literatura universal? 2666 es mi novela favorita, y eso que he leído bastantes novelas en mi vida. De ella podría escribir toda una disertación de doctorado (quizá algún día), aquí sólo diré que me parece adelantada a su época, híbrida, completa. Los “viejitos” o quienes no sepan demasiado de literatura tal vez no logren divisar el alcance de sus construcciones narrativas en esta novela: en ella homenajea toda la literatura universal de una manera moderna, entretenida, intrigante, sublime. Y si alguien logra esto, yo digo que definitivamente debe aceptarse que ese alguien posee talento, más allá de que sea famoso o no, de que se vea acicalado o de que le falten dientes.

Sigo preguntándome si el texto de Olmos es una broma, una sátira, pues en realidad no conozco al autor como para saber si su personalidad es la de un bromista (como lo fue, por ejemplo, La Guerra de los Mundos de Orson Welles cuando se transmitieron por radio fragmentos de la novela como si fueran reales, causando pánico colectivo). Si lo es, no me queda más que aplaudirle por su destreza de tomar un hecho real para proclamarse él mismo perdedor y, al hacerlo, mostrarnos que además de ser un buen perdedor, es un escritor creativo con tendencias metaficticias. Pero si el artículo es serio -y así lo parece, por las opiniones de los lectores al final de la publicación-, entonces habría que sentir lástima, pues como se hace observar en los mencionados comentarios: en vez de lograr que el mito de Bolaño se venga abajo, la publicación sólo contribuye a elevar esta figura ya legendaria, a seguir enardeciendo a Bolaño como el “poeta maldito” que se salió de los límites y al hacerlo logró algo histórico, mientras que de esos límites, Olmos, al parecer no ha podido escapar.