RÍO ARRIBA

Ilustración: CARLOS SENS:

 

Rebecca Bowman

 

RÍO ARRIBA

No supo exactamente en qué momento empezó a sentir lo que sentía. No hubo ni un evento ni un tiempo claro en su mente cuando empezó a percibir esa emoción. Era un cambio más bien paulatino, una cosa insidiosa, como el leve olor a humedad en la camisa de uno que no se empieza a percibir hasta a mitad del camino al trabajo, y ya no hay tiempo para cambiarse y hay que andar todo el día así, con el olorcito continuo, esperando que nadie más se dé cuenta.

Pero sí supo que lo sentía desde antes de salir de la universidad, que meses antes de terminar la carrera, unos pocos meses después de haberse casado, ya lo tenía presente, y que era una cosa que no lo dejaba jamás.

Bueno, sí, a veces, estando a solas, en la mañana, cuando él se levantaba y la oía canturrear, allá, en la cocina, el agua como música acompañándola, o de noche, cuando sentía su mano suave y pequeña sobre la espalda. Entonces sí dejaba de sentirlo.

Cerró los ojos para verla bien, para sentirla a ella, que quedaba tanto tiempo quieta, que no hacía más que lo necesario, sus manos tranquilas posadas una sobre la otra, y que esperaba algo de él que él no le daba jamás.

A veces, de repente le agarraba el asombro de que él estuviera allí, con ella, en este lugar, que él estuviera ligado irremediablemente a ella. Pensaba, entonces, en sus malos modales, en sus dientes cafés. Ella lo acompañaba a las conferencias y se sentaba en una silla de atrás, mientras las esposas de otros brillaban, brillaban eternamente.

Penosa su pajarita, quieta, tranquila.

No sabía por qué se casaron. Hubo algo, eso sí, un momento en que ella le llamó la atención. Él hizo algo, no recordaba qué, algo tonto, alguna burla a un compañero, y al voltear allí estaban sus ojos, reprochándolo. Y él sintió algo inusitado, algo que tenía años sin sentir, que alguien se preocupara por cómo él actuaba, y que no lo viera con ojos de tolerancia. Y se hizo chiquito frente a ella, se sintió chiquito. Luego se fueron conociendo y ella con sus manecitas quietas, sus ojos ahora tiernos, ahora aprobadores.

Pero después de la carrera había que buscar un trabajo, buscarse su lugar. Y las cosas no eran fáciles, jamás lo habían sido.

Había quienes no lo saludaban o lo hacían con el labio levantado en una sonrisa que más bien parecía gruñido, y tenía que aguantarse, aunque su mente pensara insultos, tenía que aguantarse, pues apenas así, poco a poco, encontraría su lugar.

Y veía las manos fáciles, los gestos sueltos de aquellos a quienes se les ha dado todo. Caminaban en bola por los corredores, riéndose de chistes de muy poca gracia, seguros de su avance, y él luchaba por no respaldarse contra el muro del elevador, por guardar su lugar frente a ellos.

Pero luego los ojos esperanzados de Lencha, quien siempre aguardaba. Aguardaba sus comentarios de cómo le fue en el trabajo, esperaba que él le contara lo que fuera. Ella también tenía cinco años trabajando pero platicaba poco de lo que sucedía allí, del festejo de cumpleaños de la compañera, o de que querían cambiar el sistema de archivos, pero no se aferraba allí con su plática.

Los sábados iba a tomar con sus amigos. Andaban en carro por la ciudad, hambrientos de algo que no hallaban, pero él se levantaba el día siguiente y ahí su jugo, sus huevos, y las camisas planchadas, con cuidado.

Lencha insistía mucho en que fueran a ver a los papás de él, allá, en la casa vieja, en la colonia sombreada, de vida lenta, llena de vulcanizadoras, de tlapalerías, de niños mocosos con sus eternos juegos de futbol. Pasaba los domingos letárgicos junto a la radio, bajo el techo roído, escuchando la respiración quejumbrosa de su padre, el tictac del reloj en la pared. Su mamá tenía un mal aliento que no se le quitaba; los dos estaban como siempre, vegetando no más, ¿para qué ir a verlos?

Llegó la comida de aniversario de la compañía y no quería que ningún pariente suyo fuera. Quería sentirse a gusto, solo, que le enseñaran lo que necesitaba saber. Era tan difícil que a uno lo aceptaran, tanto que tenía que batallar para que luego viniera Lencha y lo arruinara.

Y luego, con la llegada del niño, el reproche constante, el escuincle levantado como arma, reclamándole, y que no le dejaba hacer las cosas a solas. Y el día de la Madre, lo peor, cuando tenía que llevarlos a todos a comer, y el repentino pavor porque fueran los de la oficina a querer festejarlas en grupo, y la gran conciencia de los pies gordos y anchos de Lencha, de sus zapatos feos.

Y le empezó a crecer el rencor, a crecer enormemente.

Las veces que ella se enojaba, le daba coraje. ¿Con qué derecho reclamaba ella? ¿Quién era ella para reclamarle a el? Le irritaba hasta su manera de sonarse la nariz, allá, a oscuras, en su lado de la cama, horas después de que se hubiesen peleado.

Pasaba menos tiempo en casa e hizo lo necesario para compensarse. Los domingos ahora los pasaba en la botana, o iba a los toros con los amigos, que habían nacido en ese ambiente y que siempre sabían más que él, quien estaba enormemente atento a todos los detalles; lo que había que pedir, y la manera de agarrar la copa. Y el dinero de la casa se iba sobre todo en vestirlo a él como debía de ser para que pudiera alcanzar su lugar en este mundo.

Pero luego tuvo que subirse al camión, quedarse apretado entre muchos, entre los rostros apacibles, cansados, el olor a miedo, a fracaso, tratando de mantenerse limpio de todo eso. Y el olor a fritanga lo perseguía en la calle, allí,

justo frente a su casa. Y lo acechaba el tufo de las esquinas del metro, y llegaba a la oficina a lavarse las manos, a sacudir el saco.

Cuando ya pudo comprar su coche, fue un alivio.

Sí, subió de nivel.

Pero las pláticas sosas al final del día, y las piernas gordas de Lencha, las pantorrillas gruesas. Con los años ella adoptó un caminar pesado y determinado, con el pecho como proa, avanzando lentamente, y la mirada hosca de quien pocas veces era feliz.

Era injusto que estuviera ligado él con ella, pero ella quiso venir a sus cosas. Se arreglaba, hizo los ajustes necesarios para dejar al niño con la vecina para acompañarlo, para estar allí. Y él tratando de andar con los demás, y ella, en el fondo del salón, un ancla pesada e inmóvil. Y aunque hiciera el intento de mejorar, ella era un apéndice constante y estorboso, que nada tenía que ver con lo que él era.

En esto iba creciendo el niño. Iba cambiando de forma, y ahora en lugar de su llanto eran sus juguetes lo que le estorbaban, y aun después eran los ojos tímidos, cautelosos, arriba del plato hondo de la sopa, esperando quién sabe qué. Y hubo un tartamudeo en su habla que le reprochaba, que le irritaba, y le frustraba saber que el niño se volvía penoso como su mamá.

Cuando lo invitaron al club junto con su familia, le molestaba pensar que el cuerpo de Lencha no era como los de las esposas de sus amigos, y que su hijo no andaba con la soltura de los suyos, ni con la confianza de saber exigir, sino que se quedaba pegado a las faldas de su mami.

De regreso a casa, quemados de la nariz, y con un olor a coco, a cloro en el carro, el niño cansado, fastidiado, necio, él agarraba el volante fuertemente y la regañaba a ella por haber criado a un maricón.

Pero era ese hijo quien después, en una noche, ya grande, ya hombrecito, hizo el intento de pegarle, sus brazos delgados en molino, su rostro llorando sin querer, cuando él nomás le dijo algo a su esposa. Y entonces, pues, lo tuvo que poner en su lugar.

Con los años, no llegó a mucho, apenas a subdirector, y nunca se compró aquel coche ni tuvo esos trajes, y vio que otros, más jóvenes, más aptos, le iban ganando lugar.

Su papá murió, finalmente, de aquella enfermedad que tanto le había hecho quejar, y su madre como siempre, quedó parpadeando ante la luz, asustada, atontada, y él tuvo que arreglarles para asegurar que ella siguiera recibiendo la pensión, que pudiese vivir bien.

En la noche soñaba que estaba nadando río arriba, pero había unas manos que lo agarraban y que le impedían avanzar. Se despertaba ahogado, y Lencha, como siempre, acurrucadita en su esquina de la cama, ocupando poco espacio.

Se tenía que levantar, que anudar su corbata, que subir nuevamente a su coche y luego al elevador.

Y hubo rumores de un posible cese de personal.

Hasta que un día llegó a la oficina y la gente sin mirarlo y las voces callándose mientras él pasaba y luego en la calle, su cabeza de repente ligera, flotando. Atravesó la calle entre muchos transeúntes y pasó un puesto de chicle. La señora, joven, de buen ver, que lo había atendido tantas veces ahora no estaba. Y todos los demás eran extraños.

Llegó a un poste y no sabía hacia dónde dirigirse, si al norte, si al sur.

Sólo quería llegar a la casa, quitarse el traje, meterse bajo las cobijas, allí, junto a su esposa. Quería sentir la mano pequeña y suave de ella sobre su espalda, cerrar los ojos, oírla pasar por la habitación.

Respiró para adentro, luego para afuera. Asió las llaves en su mano hasta que le dolieron. Siempre había ido en camino a algún lugar, un lugar en el futuro, lúcido, bello y por alcanzar. Y todo lo que hizo para llegar allí era innecesario, era, la verdad, risible. Y todos esos corajes que hizo ya no se podían regresar, y todo lo que sí pudo haber hecho ya no lo hizo.

Iba a llegar a casa, iba a girar el picaporte y entrar. Lo miraría Lencha con reproche. De repente alcanzó a saber lo que pudo haber sido. Tan fácil que hubiera sido hacer las cosas bien, llevarla consigo a esas fiestas, darle a ella su lugar, ponerse él en el lugar indicado, su lugar en el mundo; un lugar cómodo, ordinario y feliz, en donde los ojos lo miraban con gusto.

Pero los ojos de Lencha, de su hijo, tendían ahora al reproche. Quién sabía si supieran perdonar.

________________________________

De Portentos de otros años. Mediaisla Editores, ltd/lulu.com. Colección Andar de ciegos, 11 1a. ed., mayo de 2014.