IDENTIDAD

Ilustración: CARLOS SENS

Ana Elena Díaz Alejo

IDENTIDAD

 

Lo primero, quiero deciros mi nombre para que lo sepáis […]. Soy Odiseo Laertíada, tan conocido de los hombres por mis astucias de toda clase; y mi gloria llega hasta el cielo. Habito en Ítaca, que se ve a distancia: en ella está el monte Nérito, frondoso y espléndido, y en contorno hay muchas islas cercanas entre sí […]. Ítaca es áspera, pero buena criadora de mancebos; y yo no puedo hallar cosa alguna que sea más dulce que mi patria.

En su azaroso viaje de retorno al hogar, a la familia, a la patria, Odiseo habrá de presentarse varias veces, algunas ofreciendo datos reales, otras inventando historias, todas ellas de náufrago en el nostálgico regreso a los suyos –motivación esencial de la Odisea. Su viaje hacia la añorada Ítaca lo lleva de aventura en aventura y elabora distintas biografías para integrar su cédula con las respuestas que a todos interesan más: ¿quién eres?, ¿de quién eres hijo?, ¿cuál es tu patria?, ¿dónde está esa patria?, ¿cómo es esa patria? Así, en los años de Odiseo, las primeras referencias aportaban ya los mismos registros que hoy expone nuestra credencial de identidad: nombre (portador de los orígenes) domicilio y entidad municipal y estatal.

Para informar de su abolengo, al ilustre navegante le basta anunciar su nombre: Odiseo Laertíada, es decir, Odiseo es hijo de Laertes. Corren los siglos y nuestros apellidos aún conservan la huella del mismo proceso: López, hijo de Lope; Fernández, de Fernando; Rodríguez, de Rodrigo, y así siempre…, si bien hoy nuestros nombres no indican una pertenencia tan inmediata, y nuestros apellidos sólo nos remiten a un abuelo cuyo patronímico hace constar nuestros inicios en el mundo social.

El carnet oral de hace 2,800 años incluyó los sucesos fabulosos que habitaban la Odisea cantada en las voces de los trashumantes aedos, portadores de historias fantásticas en cuyos versos la figura del padre, representada sólo por un nombre, no era bastante: importaba estar al tanto de su fama: ¿quién fue?, ¿qué oficio realizó?, ¿a qué dioses sirvió?, ¿en qué se distinguió?, ¿honró a su patria?, ¿fue valiente? Y esa breve pero fundamental semblanza pesará como herencia sobre el hijo.

¿Y hoy?, ¿qué tan importante es el renombre de nuestros ancestros?, ¿podemos liberarnos de él si lo deseamos?, ¿es necesario crearnos nuestra propia notoriedad?, ¿requerimos de una fama reveladora de nuestro ser independiente?, ¿debemos fundar un nuevo abolengo?

¿Y la patria?, ¿es trascendente para nuestra persona el lugar dónde hemos nacido? Ella define nuestra particular naturaleza, nuestro modo de concebir el mundo. Sí, todo eso ha conformado nuestro ser y nuestro modo de ser: no es lo mismo haber nacido en un iglú que frente al Machu Picchu; en el centro de la sierra lacandona que en el corazón de Nueva York. Los meridianos y los paralelos nos distinguen, nos definen, nos proveen de un ADN social, patriarcal, cultural.

Y no sólo eso, también importan las coordenadas sociales develadoras del disfrute de los beneficios al servicio de nuestra cotidiana existencia. Hay una cuantiosa diferencia entre vivir en mansiones provistas de abundante agua, luz, climas artificiales según la atmósfera del momento, o sobrevivir ahogándose entre sudores viejos y caminar y caminar y caminar entre vías oscuras ajenas a los transportes urbanos o semiurbanos. Sí, es verdad, todo eso nos va creando una imagen, un rictus, una actitud y, tal vez, un oficio y… un concepto de patria.

Los paisajes, la atmósfera, los infinitos dones brindados por nuestra Madre Naturaleza, y por los sistemas políticos, también conforman nuestras ilusiones, nuestras ambiciones y nuestra capacidad de enfrentar la vida desde la tecnología o desde el arte, desde el crimen o desde la opulencia, desde la miseria o desde la religión más fundamentalista.

Una frase era suficiente para identificar en el preclaro nombre de Odiseo, su alta clase política, su opulento nivel económico, su historia privilegiada: “Ítaca es áspera, pero buena criadora de mancebos; y yo no puedo hallar cosa alguna que sea más dulce que mi patria”. Sí, Odiseo pertenece a una clase para quien la patria es dulce, es buena, es noble. Pero, el amor de Odiseo por su patria ¿se debe a su condición personal?, ¿su respuesta sería la misma si tan sólo hubiera sido un guerrero mirmidón bajo el mandato de Aquiles?, ¿cuál podrá ser el significado de la patria para quienes no han sabido de maravillosos bienes?, ¿los carentes de magníficas progenies podrán emitir el mismo juicio sobre la patria de su nacimiento?, ¿los poseedores de carísimas fortunas son conscientes de los beneficios disfrutados?

¿Es posible modificar las condiciones primigenias de los individuos menos venturosos y encaminarlas hacia los grandes valores para pensar en la patria como lo hacía Odiseo?, ¿o el amor a la patria depende de lo que ella nos haya procurado?, ¿haremos un ejercicio contable de lo recibido y lo negado antes de entregarle nuestro amor al suelo patrio?, ¿hasta dónde nuestras señas y sus ramificaciones pueden ser modificadas?, ¿en cuántas ocasiones habrán de representarnos en nuestra vida?

Y usted, amigo, con su identificación del INE en su mano y en su corazón, ¿conoce sus signos de identidad, sus antecedentes, sus consecuencias?

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