EL ORO Y LA VERGÜENZA

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Roberto González Elizalde

 

EL ORO Y LA VERGÜENZA

TRES

Mejor nos hubieran mandado a morirnos de hambre, dijo el Chino y escupió en el suelo. Mercedes sólo se cruzó de brazos pero el disgusto era evidente en su rostro. Pardo no intentó ocultar su incomodidad ante el mal olor que asediaba al sitio: una combinación de humedad y caca de animalillo. Aquellos espacios más arrinconados, oscuros y alejados de los accesos principales de la enorme bodega fueron los que les designaron. Allí tendrían que instalarse y trabajar el tiempo necesario hasta concluir con la edificación del nuevo complejo de comercio popular, tal como lo anunciaba el ayuntamiento desde sus spots publicitarios. Ánimo, mi gente, todo tiene solución, les dijo el auxiliar municipal que los acompañó esa mañana en el recorrido por las bodegas transformadas en mercados temporales, una barridita aquí, una pintadita por acá; ni van a padecer la mudanza; además esto no pasa de diez meses, ya verán. El empalagoso aroma de la loción del funcionario flotaba por los pasillos que dejaban atrás, pero ni siquiera el perfume, que pretendía ser fresco e intenso, podía encubrir la hediondez. Nos quieren mandar a donde nadie pueda vernos, donde nadie se acuerde de nosotros, dijo Mercedes, a sus compañeros comerciantes en la junta de emergencia convocada por la tarde. Nos quieren castigar, nadie que se asome a esos mercados va a tener ganas de llegar hasta ese extremo de la nave, les decía ella y uno de sus mechones pintado de rosa se estremecía por el enardecimiento de las palabras.

Les juro que yo no tuve que ver con la distribución de los espacios, de verás; no tengo ninguna razón para perjudicarlos, les aseguró el joven funcionario. El repartimiento de los tramos que ocuparían los oferentes se había realizado semanas atrás, sólo faltaba señalar los espacios de ellos; ellos, los que no querían reubicarse en protesta hacia el proyecto de construir mercados nuevos y derribar los viejos; ellos, los que semanas atrás permanecieron todo un día frente al palacio municipal para reclamar que ellos no fueron consultados acerca de la medida; ellos, los que esperaron la llegada del gobernador y del alcalde afuera del centro de convenciones y, con mantas y carteles, reclamaron que no existía consenso alguno entre oferentes, por lo que no existía respaldo para que la iniciativa procediera. En aquella ocasión, los elementos de seguridad se encargaron que ningún locatario se acercara a las autoridades, que éstas llegaran al interior del recinto sin sobresaltos ni consternaciones. Entre las cubetas, palanganas y demás objetos de plástico, en algún sitio de los muros donde el Chino acomoda su mercancía, está pegado un recorte de periódico con la foto que registra la protesta; quizás la última de las notas que se publicaría en los medios acerca de las inconformidades de los oferentes. Allí, en la imagen, al frente, los dos hombres del estado, gobernador y alcalde, con la rigurosa camisa blanca con el distintivo del partido, siendo aislados por la policía federal. Al fondo, lejana, la protesta. En medio de ambos grupos, la estructura que el gobierno municipal mandó colocar para fomentar el turismo y las fotos del recuerdo: siete altas y gordas letras blancas que, arrimadas, componen el nombre de la ciudad.

Mercedes, Pardo y el Chino le creyeron al funcionario, a pesar de la evidente animadversión mostrada por el ayuntamiento, el muchacho se mostraba amable con ellos, además no querían perder ese contacto; era el único vínculo con la administración después de que ésta cortara toda atención hacia ellos. No se desanimen, ya verán cómo viene de gente, ahorita no hay mucha pero ya circula la publicidad, van a ver, todo va a

ir mejor. Se detuvieron un momento frente al ridículo y traqueteante ventilador investido para mitigar el calor de ese perímetro. El auxiliar municipal les informó que tenían que ocupar sus tramos de manera inmediata, de no ser así era muy probable que la administración no los tomara en cuenta, que podrían perder esos espacios; no lo afirmaba de forma tajante, pero dejaba ver que muy posiblemente, que chance y sí, y ustedes ya conocen al alcalde Torres, y además el licenciado Barragán quiere darle velocidad a este asunto.

Isidro, el del puesto de piñatas y decoraciones para fiestas, tomó la palabra durante la junta. Se refirió a los inconvenientes de mudarse a ese mercado temporal y su pelo y bigote canosos parecieron encenderse mientras hablaba. Unos cincuenta años atrás, aquellas instalaciones habían funcionado como bodegas de la compañía ferrocarrilera Cordillera Company, pero desde hacía unos cinco años sólo eran empleadas como refugio de menesterosos en días de lluvia y en los escasos pero intensos descensos de temperatura durante el invierno. La transformación de bodega en resguardo para los sincasa era uno de los muchos resultados arrojados por la privatización, dijo el viejo Isidro. Es que ustedes no vieron en la tele al entonces presidente, sonreía confiado en la prosperidad que traerían esas nuevas políticas; en su cara se veían reflejados los arcos dorados que anunciaban la entrada al primer mundo. Cómo no creerle a quien portara ese corte de cabello, esa corbata, esos zapatos. Desde el pequeño templete improvisado, el hombre miró al resto de sus compañeros comerciantes que lo rodeaban, unos sentados, otros de pie. Oscurecía y la luz de las lámparas envolvía aquellos rostros colmados de incertidumbre. Tenemos que ser firmes, no debemos irnos de aquí, dijo el viejo.

Mientras continuaban el recorrido por el espacio temporal, Mercedes, el Chino y Pardo arrastraban su respectiva resignación. Hay que ocupar los tramos, no podemos dejar de trabajar, no hemos hecho nada ilegal, dijo el Chino resollando por la caminata. Si nos movemos sin firmar documentos nos van a chingar, parece que no los conoces, contestó Mercedessin dejar de caminar mientras se acomodaba el mechón rosa que le caía en la caray de paso sujetarserápidamente el cabello para aliviar el calor. La gente encargada de la tesorería municipal se negó a recibirles las cuotas y no les validarían sus recibos hasta que dieran el visto bueno para su traslado al mercado temporal. Si no firmamos nos arriesgamos a que nos clausuren y ese sería un gran infierno de trámites y papeleos que se prolongaría hasta que nos volviéramos huesos. Nos amagaron, Chinito.

Y ya que queden todas las puertas abiertas ni se va a sentir el calorcito, ya verán, repetía el joven funcionario con la camisa primero impecable ahora empapada en sudor. El calor los encrespaba ¡Pinches lambehuevos! gritó el Chino cuando pasaban frente al puesto de tacos de la señora Felicia. A los oferentes que desde el anuncio del proyecto expresaron su anuencia de moverse a las viejas bodegas, el municipio los privilegió con locales amplios, ubicados en los accesos de entrada para que pronto fueran identificados por los compradores que se llegaran a parar por allí. La señora Felicia guardó silencio ante la insolencia y se limitó a mirar a sus compañeros locatarios como quien ve a un vagabundo pidiendo limosna. Los escasos comensales que se encontraban en ese momento se percataron de lo sucedido, pero ni así interrumpieron sus bocados. Le encargo otro sin cebolla, por favor señora. Unos cuantos días después de ese incidente, en la tele se transmitirán los primeros promocionales del mercado temporal. En uno de los anuncios, el alcalde Torres recorre el lugar, estrecha con efusividad manos de locatarios, escoge un kilo de aguacate y, para concluir, él, con un babero encima, dándole una mordida a un taco de cochinita, mientras la señora Felicia, sonriente y entusiasta, le entrega un refresco de un potente y nada saludable color naranja.

Pardo caminaba en silencio; Mercedes y el Chino avanzaban y discutían. Se había acostumbrado a sus pleitos después de casi dos años de conocerlos, de volverse cercanos. Nuestro mercado necesita mejoras, pero quieren tumbarlos todos y poner otros nuevos, le escuchó decir a Mercedes aquella vez durante la primera junta a la que él asistió. Desde hace meses había rumores, intrigas, chismes: todos concluían que el alcalde estaba decidido a demoler el inmueble. Con restaurar es suficiente, pero hace años que el ayuntamiento se desentendió del mercado, dijo entonces el Chino. Pardo los ubicaba, sabía de ellos, estaba seguro de haberlos visto pasar, en algún pasillo, en algún momento. Los escuchó. Le cayeron bien. Se acercó a ellos y ellos lo recibieron. También le agradó que ninguno, en el tiempo que llevaba de conocerlos, preguntara el porqué de las manchas en su rostro. Se reunían, platicaban, convocaban juntas, a veces se iban a la cantina. Él los acompañaba aunque no era afecto al alcohol; lo suyo, decía, eran los chingadazos. Y tal vez allí, entre la botana y la cerveza, decidieron armar un pequeño folleto, uno donde explicarían porqué los oferentes y la ciudadanía debían oponerse a la construcción de un nuevo inmueble, por qué sólo bastaba restaurar el que ya tenían, por qué el procedimiento era llevado de manera opaca, y de dónde iba a sacar el alcalde para el presupuesto. Todo eso lo pusieron dentro de su impreso. El Chino sabía teclear en la computadora y armó un diseño simple y conciso de leer. Mercedes hacía paro y pichaba las fotocopias. Ella era la más enterada de los asuntos políticos y le aprendieron pronto a comprender las notas de los diarios y a dar entrevistas a los apresurados reporteros que se asomaban al mercado para conocer su postura. Entre los tres dieron forma a sus ideas y escribieron el texto. El folleto era entregado a la clientela en cada compra. O lo distribuían ellos mismos entre los corredores del mercado. En los puestos de fruta. Al del queso. Al que arrastraba un diablito con huacales repletos. Al de las maquinitas de a peso. Lograron convencer a casi veinte locatarios. Mercedes, el Chino y Pardo se volvieron los rostros reconocibles de la inconformidad. Sin problemas y sin temores, Pardo podía llamarlos amigos.

Ahora él miraba a los oferentes que ya trabajaban en el mercado temporal, los que concedieron su confianza al municipio; era tal la expectativa generada por la novedad. En uno de los puestos de comida, una mujer lo miró. Una amiga de su madre. Un sobresalto delató que la mujer reconoció también al hombre marcado del rostro, pero de inmediato regresó a fregar cazuelas, platos, ollas de tamaños diversos; la inercia del trabajo es de cierto embeleso reconfortante. Se aventaron sin garantías, pensó Pardo, pero cuáles tenemos nosotros, qué nos asegura que la vamos a librar.

Salieron de las bodegas del ferrocarril y compraron un litro de agua de jobito para beberlo sentados en la banqueta, donde no pegaba tanto el sol. A sus espaldas, uno de los muros principales había sido pintado con los colores del partido y rotulado así: “Mercados temporales”. Y en letras más chicas: “Es por el bien de la ciudad”. Allí afuera todo era intenso e irritante, pero nada comparado a lo que sintieron en esas entrañas de paredes grises envueltas en sombras. Mientras bebían del envase de unicel y una ligera brisa los refrescaba, vieron pasar a tres muchachos que hacían de payasitos de la plaza principal. Qué caritas se cargan, dijo uno, pero es que a los argüenderos siempre les va mal. Cállate, morro meco. Uy, ya despertó la fiera de pelos pintados. Mira amiguita, para que no te enojes. Con modos exagerados y pomposos el chavo metió la mano en un bolsillo del gastado pantalón y sacó un lánguido trozo de plástico al que empezó a soplar desde un extremo; gotas de sudor le embadurnaban el triste maquillaje. Los tres lo miraban desconcertados. Cuando el muchacho de rostro pintado consideró que había inflado lo suficiente retorció y jaló y dobló con rapidez el globo, el cual, ahora, era un tenso girasol. Toma amiguita, para que veas que aquí todos somos camaradas. El joven payaso entregó el obsequio y siguió caminando y los demás lo

siguieron. Ellos los observaron hacer chistes, reírse, andar como locos, hasta perderse al fondo de la calle, desbordaban una euforia que en esos momentos les parecía insostenible. Al menos ya podremos asegurar que no nos vamos con las manos vacías de este asunto, dijo Pardo mirando receloso la traslúcida flor.

* * *

A Pardo le daban miedo los relámpagos, aquella noche apenas pudo dormir. Se acomodó a la orilla de la cama sin encender su lámpara; por la ventana entraban sonidos de la lluvia que caía sobre la madrugada. A oscuras calculó que no faltaba mucho para empezar el día, así que ni al caso intentar recuperar el sueño otra vez; con esos pinches truenos ni cómo dormir. Eran los mismos ruidos que lo atormentaban de chavillo, cuando sus padres se iban a mercadear a Mante, porque allá les iba mejor. Lo dejaban solo, encerrado en casa, y regresaban hasta cuando anochecía. Pero luego las lluvias, y los truenos, y el niño pensaba que tal si en una de esas no regresan y nadie se acuerda entonces de venir por mí. Hasta que en algún momento sólo su madre volvió de los viajes. A veces soñaba con su padre; moreno y flaco como él. Después ya no. A lo mejor de ahí le vino lo irritable, lo nervioso, y no tardaron las manchas en las falanges, y a los pocos meses aparecieron en los codos y, de ahí, alrededor de los ojos, la boca. Cuando el vitíligo se extendió ya no lo dejaban jugar futbol porque en su casa temían que las asoleadas le estuvieran robando color.

Pardo comprobó que, tras la noche lluviosa, la calle estaba vuelta un lodazal. Observó el agua estancada y el betún oscuro frente a él. Vivía a unas cuantas cuadras del centro deportivo municipal, pero ni eso era motivo suficiente para que las calles próximas al recinto estuvieran pavimentadas. Un vecino intentaba no perder el equilibrio mientras esquivaba charcos. El hombre vio a Pardo pero no lo saludó. En la colonia pocos le hablaban. Todavía quedaban ciertas memorias y cicatrices de esos sus puños desteñidos pero peligrosos, que muy pronto aprendieron a reventar hocicos y callar pendejos. Primero, porque le inventaron que las manchas eran contagiosas. Después, por aquello de que ahí viene el Dalmata, ese no es Pardo es Pinto, a ver si muy chingón pinche Dalma. Y pues todos terminaron tumbados sobre el suelo. Lo supieron en la escuela y pronto en su calle: No quiso tratamientos ni ungüentos, eso no era lo suyo. Déjame en paz, le dijo a su madre afuera del consultorio médico, si así soy pues ya qué. Pardo no se dejaba intimidar por nadie, menos por su afectación. Aunque los relámpagos. Esos sí lo doblaban.

Lo único que lo tranquilizaba era leer. De chavo, cuando no aguantaba las cosas en la casa o en la colonia, se iba con su tío, un profe de secundaria, donde había una generosa cantidad de libros. Leía de todo. Por ese entonces su madre logró hacerse de un tramo en el mercado Hidalgo, entró al negocio del pescado y del marisco. Pardo ayudaba, si es que no estaba encerrado leyendo o tupiendo a alguno que se quería pasar de listo. Así hasta que su tío habló con él. Mira cabrón, aquí en la colonia a lo mejor la armas, pero la vida es todavía más grande que estas cuatro calles. Tú tienes que ponerte al tiro o te vas a quedar aquí, entre vagos y maloras. Lo que pase en tu casa es lo de menos, lo importante es qué vas a hacer ahora. Él dijo que seguir con el puesto, que eso era lo suyo. Aprendió pronto las movidas del negocio, a manejarse con el distribuidor, a pagar las cuotas debidas del ayuntamiento, y de los ayudantes de su madre aprendió a lonjear, a descabezar, a sacar lomos. Su madre le delegó más responsabilidad. Y ella cada vez se fue desentendiendo no sólo del local, sino de la vida y no le quedó más que morirse. Pardo se fue a vivir con su tío, a leer sus libros, a hablar sobre las novelas de Hesse, a hablar de política. Tenemos que aprender a soñarsino ya perdimos, le decía el tío. Esas palabras resonaron briosas en aquella primera ocasión que vio a sus compañeros oponerse al nuevo mercado.

No hagas corajes, apá, le dijo el Chino aquella mañana en el mercado, al menos di que no te fue como en la Salinas, ahí les llegó el agua a las rodillas, le extendió a Pardo el periódico del día. La prolongada lluvia había dejado más desafortunados que él. Por qué uno siempre tiene que arreglárselas como puede. Así es esto, apá. Y aguanta, que parece que no hemos visto nada todavía. El Chino se dirigió a su local de plásticos y utensilios de cocina, comenzaba a echar panza y siempre vestía la playera azul del equipo local. Le decían el Chino porque algo le quedó de los viejos de su familia que emigraron de Japón en algún momento a la ciudad, en algún tiempo ya muy muy atrás, y a la banda poco le importaba la especificidad geográfica. Pardo comenzó a filetear un trozo de carne rosáceo. Se quedó pensando en la frase del Chino ¿Acaso las cosas en verdad pueden ser peor?

Terminó de preparar las sábanas de carne y se acomodó en el taburete de madera. Ojeó la sección deportiva sin mucho interés y se siguió con el resto del periódico. Pardo estaba ahí desde las siete. Abrió su espacio. Con diligencia fregó los pisos y el local, recibió el pescado, las lajas de hielo. Se me hace que ese Lalo va a llegar tarde otra vez. Regresó al periódico. Testimonios de familias que tuvieron que dejar sus casas afectadas por el agua. Quihubo, dijo Lalo en cuanto llegó, perdón es que con eso de las lluvias. Sí, está bien, me voy a echar un cigarro, ahorita vuelvo; ponte al tiro. Salió por uno de los accesos del mercado. No se detuvo a platicar con los locatarios que lo saludaban de lejos. Eran los pocos que se mantenían aún en el mercado. Se abrió paso entre los trabajadores de Obras Públicas que ya comenzaban a tirar los locales vacíos. Observó con curiosidad a uno que daba de golpes a una pared. Nombre, jefe, le dijo un hombre con su chaleco naranja, resollando y limpiándose el sudor, no le diga a nadie, pero estos muros sí aguantaban unos diez años más, así como estaban; fácil. Dejó al hombre entercado con el muro.

Afuera, Pardo sintió lo fresco de la mañana y se le antojo más el cigarro. No iba por la mitad cuando se percató de un cartel: “Démosle un nuevo rostro a la ciudad. Vamos por el nuevo mercado”, decía el anuncio y mostraba al alcalde Torres sonriente, en su camisa se alcanzaba a distinguir un pequeño broche con las siglas del partido, el puño derecho extendido al frente y el pulgar hacia arriba. A lo lejos se escuchaban los golpes que retumbaban entre los locales vacíos. La gente no se acercaba al mercado Hidalgo por miedo al aspecto desolado y ruinoso del lugar, qué tenía de malo que los tiraran, son una bomba de tiempo, qué tanto peleaban los que insistían en quedarse a trabajar en ese lugar tan feo, recordó las palabras mezcladas de gente entrevistada en un reportaje del noticiero local. En un rato más acompañaría a Mercedes y al Chino a conocer los mercados temporales y ver en qué sitio los colocarían, a ellos, los que insistieron en quedarse. Pardo tiró el cigarro y arrancó el cartel la pared y lo sujetó entre sus manos y se le quedó mirando. Así estuvo. Un buen rato.

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Ya nos quitaron el agua y el gas, no tardan en cortarnos la luz. Decidan si firmamos y nos movemos a los mercados temporales, Mercedes volvía a tomar la palabra, o podemos aguantar aquí lo más que podamos, que sea nuestra protesta ante tanta arbitrariedad. Los marrazos no paraban, en verdad querían acabar pronto con este lugar. Entre los golpes secos contra el concreto votaron. Los ruidos fuertes pusieronnervioso a Pardo. ¿Las cosas se pondrán peor? Las manos se levantaron. ¿La iremos a librar? Marrazos. Dejen arriba las manos para contarlas. Pardo alzó la suya titubeante. Mayoría a favor. Marrazos. Aquí nos quedamos pues, dijo Mercedes. Marrazos. Vamos a tener que ponernos a pensar qué procede, compañeros. Marrazos. Concreto derrumbándose. Y no podemos tardarnos mucho.

(Proyecto beneficiado por el Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico en su edición 22/2017 gestionado por el Gobierno del Estado de Tamaulipas, a través del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes en coordinación con la Secretaría de Cultura)