COMER, BEBER, AMAR

Ilustración: CARLOS SENS

Sandra Muñoz

APURAR, CIELOS, PRETENDO…

I

Si usted googlea “Fidel Castañeda” ‒y cuando termine de leer esto, va a querer hacerlo‒ se encontrará con un extraordinario guitarrista comiteco, queridísimo en Guatemala, fallecido en el inicio de los dosmiles, que pertenecía al trío Los Elegantes y que tenía el don muy especial de “hacer vibrar los corazones de quienes lo escuchaban”, según dicen los que le oyeron tocar en vida. En un video de Youtube publicado en 2012, aparece cantando y tocando dolorosa y magistralmente una canción de Miguel Aceves Mejía, Oh gran Dios.

Oh gran Dios, cuánto sufro en la vida,
por no querer ser yo menos que naiden.
Sufro mucho mi Dios, bien lo sabes,
por el cariño que le tengo a esta mujer.
¡Ay cuánto diera yo por la vida de antes! En cuanto a amores,
a mí no me faltaron. En esta vida, ay, todo se acaba,
por eso quiero de esta vida terminar.

 

Fidel Castañeda nació, pues, en Comitán de Domínguez, entrañable tierra, orgullo de los chiapanecos, que tuvo por nombre prehispánico Balún Canán, que significa “lugar de las nueve estrellas”. Hoy le dicen también Comitán de las Flores.

II

Estoy en Querétaro desde enero.

Estoy dirigiendo una obra con la Compañía Atabal.

Camino mucho, disfruto ahora el frío de la ciudad que hace tres semanas me tiró las defensas y casi me mandó a la lona. Un amigo reciente me llama: estaré en Querétaro un par de días, veámonos.

Él pasa por mí a La Casa del Faldón que es el hermoso y húmedo lugar en el que ensayo. Dejamos que el azar nos lleve a Rúcula, parrillada argentina, dice el letrero (aunque después nos enteraremos que la dueña es uruguaya). Él, al igual que yo, disfruta del placer inigualable de tomarse lentamente unos tequilas mientras la tarde, la comida y las confesiones van cayendo. Me pido los ravioles de la casa: van rellenos de espinaca con un topping de pera caramelizada. Yo, que soy la reina de las onomatopeyas, después del primer bocado cierro los ojos y me sale un mhhhnmmmsssssfffff de placer. Elijo de postre el pastel espuma de mar, un lujo de chocolate y pan envinado, lástima del merengue que le corona, está de sobra. Entre nomeacuerdocuántos tequilas, dos copas de tinto y un carajillo shakeado, mi amigo y yo vamos uniendo racimos apretados de fragancias, de quereres, de impotencias, de historias teatrales, de cicatrices de infancia, de carreras contra el viento, de versos renacentistas y de miradas perrunas. Racimos de recuerdos pues, de nostalgias, en eso se nos va la tarde y de repente ya son las diez.

—¿Y si vamos al mirador?

—¡Vale, vamos!

En el trayecto de la Rúcula al mirador, cantamos guarecidos del viento dentro de su camioneta, a suspiros chiquitos primero, a grito pelado después:

Duerme soñando, con tus ojos tan plenos despiertos
con tu corazón lleno y radiante, alucinante
tan lleno de amor
La vida, la vida, la vida, qué es la vida
en tratar de entenderla se nos va la propia vida
tan simple y tan fuerte, tan llana mente suerte
lo que acontece, preparación de la muerte
Pero es tan absurdo ocuparte de este estudio
cada año, segundo a segundo
no es tan profundo, dormir soñando.

Llegamos al mirador, el viento y el frío han enrojecido nuestras caras. En el mirador hay una pareja de chamacos, que por fortuna se van pronto, dándose unos besos ante la mancha de la ciudad queretana, y hay también un hombre, solo, que apoyando las manos en el barandal rompe el horizonte con su mirada y musita. La ropa le viene grande: los pantalones de mezclilla muy gastada le quedan flojos, la chamarra verdosa aunque abrochada hasta el cuello le deja desnudo el pecho: el cuello le cuelga de lo grande que es. No parece mexicano, tiene cara de venir de más al sur. El hombre extiende los brazos en cruz y se hinca lentamente. El musitar se convierte en un rezo.

Hay ahí, en medio del concreto y el viento frío, un hombre con la ropa grande rezando solo.

A mi amigo y a mí nos gana el frío pero queremos seguir mirando las luces de la ciudad, así que decidimos cruzar la calle y permanecer en la contemplación del paisaje, guarecidos por la pared del panteón de los queretanos ilustres que hay enfrente. Apenas sentarnos en la banqueta, el hombre de la ropa grande que reza solo, en un veloz movimiento de impecable fluidez, apoya los brazos sobre la bardita del mirador y da un salto hasta quedar encima de ella, extendiendo los brazos diagonal arriba y con los pies al borde mismo del precipicio.

El pensamiento se me desborda por la boca:

—Se va a matar…

Mi amigo atraviesa precavida y lentamente la calle. Se coloca silenciosamente atrás del hombre solo con la ropa grande que reza al borde del precipicio.

Su rezo se convierte en un grito:

—¡Tú, señor del cielo y de la tierra, tú, señor creador de todo lo visible y lo invisible, escúchame, aquí estoy! ¡Tú, Fidel Castañeda Cruz, cásate conmigo! ¡Tú, señor de los peces y las aves, mírame!

Su rezo que es un grito se prolonga por 387 segundos.

El hombre solo con la ropa grande y el grito en la voz que reza al borde mismo del precipicio baja de un salto.

—Señor, ¿está bien? —le pregunta mi amigo.

—Sí —responde el hombre solo con la ropa grande, el grito en la voz que reza al borde del precipicio y la premura de la angustia en los ojos— sólo que no se por qué estoy aquí.

Mi amigo lo abraza fuerte, le besa la frente; yo le tomo la mano. Ellos dos se dicen cosas mientras que el hombre solo con la ropa grande, el grito en la voz que reza al borde del precipicio, la premura de la angustia en los ojos y que no sabe por qué está aquí, llora, quedito primero, con respiración convulsa después. Yo ya no oigo lo que dicen porque su largo abrazo, su llanto, su ropa grande, sus ojos suplicantes, su pinta de hombre solo que viene de muy al sur y sus rezos, en mi cabeza resuenan así:

¡Ay mísero de mí, ay, infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
qué más os pude ofender
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
(gracias al docto pincel),
cuando, atrevida y crüel
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas, bajel de escamas,
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huida;
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón,
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?

El hombre solo con la ropa grande, el grito en la voz que reza al borde del precipicio, la premura de la angustia en los ojos, que no sabe por qué está aquí y que ha llorado quedito primero y con respiración convulsa después, dice gracias.

Nos separamos.

Mi amigo y yo volvemos a su camioneta en silencio, con las manos metidas en los pantalones. El frío está cabrón. En la camioneta ya no hay música.

Que los puristas me perdonen, pero entre El gran silencio y Calderón de la Barca, la diferencia es de estilo nomás, pienso.

Fidel Castañeda seguro lo hubiera entendido bien.

III

La Rúcula está en avenida Universidad Oriente 162, en el centro de Querétaro; es caro, pero vale cada peso. Si viene, despídase del lugar con un carajillo a mi salud.

La vida es sueño, de Calderón de la Barca, debió haberla leído ya y si no lo ha hecho ¡hágalo! porque se ha perdido de una de las mayores exquisiteces del lenguaje castellano.

A El gran silencio no hacen falta pretextos para oírlo. Póngalo para bañarse, para bailar, para sentirse vivo y con sangre caliente corriendo en las venas.

P. D. Guiño para ti, negro: en Comitán existe la leyenda de la flor de tenocté, en cuyo árbol canta un corazón diferente del corazón del venado, del hombre, de la mujer y del cenzontle; un corazón que duerme y renace cada temporada. El corazón del tenocté tiene alas y es de color rojo, de color sangre, de color vida. La flor de tenocté se parece mucho, mucho, a la flor del naranjo, a la flor de azahar…