SAN DIEGO DE LA MAR

Foto: Archivo Sergio Santiago

Sergio Santiago Rivera

 

SAN DIEGO DE LA MAR

(segunda parte)

 

Verano de 1908. En esos días de la segunda estación del año, la barrena hace contacto con una roca de otros tiempos del pasado geológico, por supuesto más antigua con un alto contenido de fósiles. En esa mañana, los extranjeros lucían de buen humor, un fuerte olor a petróleo se desprende de la roca cortada.

En la parte superior de la torre de perforación, el “Chango” amarrado por la cintura, siente la sensación agradable de un ambiente oxigenado por el bosque tropical de la Huasteca. Abajo, la sensación es diferente, una nube grande, densa y oscura se aproxima.

Con su ropa ondulante a una altura mayor que las copas de los árboles, el “Chango” se prepara para agregar un tramo más a los demás tubos en operación, con el propósito de continuar barrenando a una profundidad mayor. Para eso, espera el ascenso de la polea viajera la cual le lleva una herramienta que le permite enganchar al siguiente tramo de perforación, compuesto por tres tubos de acero de nueve metros cada uno. Entre el chirrido desmesurado que produce el ajetreo de motores, poleas y cables, el “Chango” observa el movimiento ascendente de la polea que se aproxima hacia él. En el momento preciso cuando se encuentra a su altura, con movimiento rápido, su mano derecha abraza al tubo y recargando su hombro lo empuja hacia la pinza de la polea. De manera, el tubo de veintisiete metros termina enganchado por el extremo superior, y con un balanceó suave queda colgado en el aíre a través de la polea y el malacate. Abajo, en el piso de la torre a vuelta de tuerca dos trabajadores embonan el extremo inferior del nuevo tramo de perforación, anexando veintisiete metros más a los demás tubos en operación. Al instante, al girar la mesa rotaría una extensión de mas de quinientos metros de tubería de acero continua hurgando sin

pudor alguno la riqueza nacional que todos los mexicanos hemos recibido de la madre tierra durante el paso de millones de años. Siendo los destinatarios de una responsabilidad que ponía a prueba nuestra capacidad de entender la vida. La barrena penetraba el corazón de un antiguo arrecife fósil, según los paleontólogos, de edad Cretáceo superior.

Los arrecifes de coral, irremplazable por su crecimiento en millones de años de gradual evolución, una eternidad que nunca, en ningún momento, el hombre volverá a ver. En su tiempo, en un ambiente tropical de aguas cálidas de color turquesa, el arrecife desborda de vida en un abanico de formas y colores: algas calcáreas, peces, corales, caracoles, erizos, cangrejos, langostas, guachinangos, tortugas… Los arrecifes de coral; la eterna primavera de las aguas tropicales. Un ambiente perfecto para el desarrollo de la vida.

Cerca de los seiscientos metros de profundidad, en el corazón del arrecife fósil, la barrena continúa con la perforación, cuando de repente… el gas en solución sé separa violentamente de los hidrocarburos. ¡Habían encontrado petróleo! En el entorno que rodea al pozo, se escucha el ruido estremecedor que provoca el gas al sentirse liberado. Era cómo una gigantesca champaña al ser destapada. El ruido pavoroso congela a los presentes. Un estado de aturdimiento se apodera de todos. El terror reflejado en las caras por la manifestación descomunal del pozo, provoca una estampida, primero en los animales, le siguen los trabajadores y por ultimo los curiosos. Al instante con desplazamiento vertiginoso el gas se mueve en dirección a la superficie, al brotar al exterior golpea de forma violenta la enorme torre de perforación, expulsando por los aíres toneladas de acero del sistemas de perforación. El ruido ensordecedor provocado por la liberación del gas se escucha por todos los rincones de la región, cómo una alarma nacional del porvenir que estábamos alimentado. Pero fue tan intenso el ruido que nos quedamos sordos. El pozo explorador San Diego de la Mar se había descontrolado. Fue tan aparatoso, que los lugareños lo llamaron “El Dos Bocas”.

En ése escenario aterrador, brota de las entrañas de la tierra el preciado fluido, que se eleva hasta alcanzar una altura cercana a los trescientos metros. El diámetro del flujo de aceite crece conforme gana altura hasta perder su forma en la dirección del viento. El flujo de aceite se mantiene suspendido como una fuente natural, alimentada por más de cien mil barriles de petróleo por día. Al precipitar al suelo, como si fuera lluvia, forma una corriente de aceite que avanza en dirección de un ambiente de desolación y de miseria.

La riqueza descubierta provocó un estado de frenesí en las economías de Occidente. Un excesivo deseo de apropiarse del petróleo, que por enésima vez, con avidez, volvían sus ojos a mirarnos. Así, durante los siguientes 30 años, las expediciones exploratorias en busca del petróleo, se multiplican, de igual forma el número de torres de perforación. Le seguirían cientos y cientos de pozos hasta llegar a sumar miles de ellos: Juan Casiano, Potrero del Llano, Cerro Azul, Zacamixtle, Tancoco… así, durante cuatro décadas sólo vimos el trajinar por el petróleo.

Inclinado medio cuerpo sobre la mesa de trabajo, el dibujante endereza su cuerpo hasta llevar sus espalda al respaldo de su asiento, había llegado al punto final de representar gráficamente una pequeña porción de la Huasteca. Y con semblante de fastidio, inicia la limpieza de su material de trabajo para dejar todo bajo llave. En su plano terminado, había dibujado un círculo negro por cada pozo perforado, fueron miles de círculos negros sobre el mapa, eran tantos que se amontonaban entre sí, develando una figura con forma de Luna nueva creciente. Era el arrecife de coral en forma de anillo, como resultado de la radiación evolutiva durante millones de años en la vida de un yacimiento. En el mundo entero, sería conocida como “La Faja de Oro”.

Nota:

La figura del pozo descontrolado, corresponde al pozo “Cerro Azul 4