LAS BATALLAS DEL PAQUIDERMO

Ilustración: JULIA GARCÍA

Cynthia Rodríguez Leija

 

A LA BÚSQUEDA DE JUAN B. TIJERINA

 

Un escritor se hace en buena medida a través de sus lectores. Más de cien años son suficientes para advertir que hemos fallado. Me refiero al caso de uno de los poetas más representativos de Tamaulipas, y de quien se ha tomado el nombre –al parecer sólo eso– para otorgar, año tras año, un premio a la creación poética: Juan B. Tijerina.

Esta vez mi colaboración es meramente informativa con sus interrogantes sobre lo que es y podría ser; porque, si usted busca, por principio en internet, no encontrará gran cosa sobre el poeta, ni siquiera la gran enciclopedia libre Wikipedia lo menciona.

Intrigada por la ausencia en la red de los textos literarios de “tan ilustre tamaulipeco”, decidí recomenzar una búsqueda –emprendida años atrás. Volví a toparme con la marginalidad y el vacío de las lejanías. En la Web, existen tres o cuatro reseñas de la obra de Tijerina, la mayoría –y es decir demasiado– con datos biográficos contradictorios, inexactos o que, a fuerza de ser nombrados se han tomado como ciertos. Pero a la obra del poeta Juan Bautista Tijerina Villarreal no podemos tener la “accesibilidad” que requieren nuestros tiempos.

De la intriga al asombro y viceversa. El objetivo era encontrar su poesía, narrativa y textos periodísticos. Sólo localicé una referencia biográfica de los ganadores del premio que he mencionado.

¿Cómo asimilar el descuido de una serie de convenientes circunstancias?

Decidí buscarlo en las bibliotecas más importantes en la Ciudad de México: la Biblioteca Vasconcelos, la Biblioteca de México y la Biblioteca Nacional, donde una vez más, tropecé con ejemplares disponibles de la obra de los ganadores del referido concurso literario, antes que la del propio Tijerina. Mis correrías me llevaron a las “librerías de viejo” de la calle Donceles. Una a una, las fui recorriendo. Buscando en los montones de cinco y diez pesos (a veces hay maravillas). Escarbando en las curiosidades. Preguntando: ¿Conoce usted a Tijerina?; Juan B. Tijerina, escritor tamaulipeco. En una de ellas, la sección de poesía estaba en inventario, pero se podía pasar a ver. Quasimodo y Góngora, tirados en el piso, sostenían las disparatadas torres de libros que ocupaban aquel espacio. Librería Número Nueve. Departamento de Literatura. Sección Poesía. Tercer pasillo de la derecha. Ahí, justo entre José Tiquet y  José Juan Tablada. Un sólo ejemplar, que ahora me pertenece: Páginas escogidas, Juan B. Tijerina, Letras vivas, Ciudad Victoria, 1987.

Ahora debo quejarme: la edición no cuenta con notas a pie de página; los datos, como sucede en las reseñas de internet, se contradicen de un apartado a otro. Tenemos ante nosotros, entonces, a un poeta al que se le menciona cada año, sin que exista un estudio profundo de su vida y de su obra. Tenemos a un poeta que es un emblema del Estado: nombre otorgado gratuitamente a una multitud de escuelas y calles transitadas por la pobreza, por los rescoldos de la violencia.

Ya podemos decir que Juan B. Tijerina es un escritor de un estilo incisivo y magistralmente certero y que su obra nos permite comprender aspectos importantes sobre el periodismo, la crítica literaria y la poesía tamaulipeca del siglo XIX, misma que durante el mandato de Porfirio Díaz se avivó con los resplandores de las voces independientes y casi anónimas de las provincias. Tijerina ejerció en su momento una influencia perdurable por el rigor de su cátedra y la agudeza de sus convicciones. Su narrativa sin rodeos es a la vez crónica del habla de sus días.

A partir de sus cartas “A Ernesto” y “Jueves de Don Cleto”, o de las reseñas críticas a la poesía de sus contemporáneos, como el colombiano Julio Flórez, y los mexicanos José Juan Tablada o Amado Nervo –sin olvidarse, por supuesto, de Rubén Darío–, tenemos una mirada más certera de los ámbitos político y literario tamaulipecos. Tijerina nació en Matamoros, Tamaulipas, en 1857, siendo sólo ocho años más joven que el poeta saltillense, de quien seguramente conoció su obra.

Hacia el final del siglo XIX, el modernismo empezaba a dibujar un desarraigo de las doctrinas de la época, las estéticas posrománticas estaban atadas a un declive finisecular. Tijerina, ahondó en este nuevo paraíso literario profundizando en la crítica del verso medido y la estética del lenguaje. Constantemente advertía como “versos azules” las composiciones del bando decadentista, tal vez refiriéndose ‒o no‒ a la Revista Azul, que entonces los albergaba.

Sobre J.J. Tablada, después de citarlo, dice a propósito de la composición “Onix”:

 

Torvo fraile del templo solitario,
que al fulgor de nocturno lampadario […]

 

Que al fulgor del nocturno lampadario. Esto está peor que lo de torvo fraile, pues no se  trata de un epíteto más o menos feliz, sino de uno de los mayores despropósitos que se han escrito desde Góngora a la fecha. Pues qué, ¿ignora el vate que el lampadario es el eclesiástico que se encarga del alumbrado del templo?

 

El texto de Tablada apareció por primera vez en la Revista Azul, en 1894. Ya para entonces ya había pasado el episodio de Tijerina con Bernardo Reyes, quien lo hizo  prisionero a su entrada por Nuevo Laredo, después del exilio del que volvía Juan Bautista ‒un episodio al que deberíamos prestar mayor atención, sin duda. Aquella vez tuvo que rescatarlo de la Ley Fuga el señor Don Guadalupe Mainero, quien en 1896 se convertiría en gobernador de Tamaulipas. Justo por ese tiempo, Tablada publica El florilegio; Tijerina, por su parte, pronuncia a voz en cuello, en el Teatro Juárez de Ciudad Victoria, su poema “Canto al siglo XIX”, el último día del año 1899:

[…] Eres a un tiempo mismo
fe que conforta y duda que desvela,
ferviente ideal y helado escepticismo;
eres lo que se arrastra y lo que vuela,
el cóndor y reptil, cumbre y abismo […]

 

Es sólo de esta manera que podemos entender los vasos comunicantes entre la poesía tamaulipeca y la poesía nacional. Sólo así podemos afirmar que Tijerina nunca ocultó su franca postura en contra de ciertas revelaciones poéticas, la suma de inevitables rupturas que se desmoronaban frente al poeta, que se entreveraban con la honda decepción del periodista. El decadentismo parece haber sido su contienda.

                                                 […]
¡No! Jamás callaré mientras aliente;
y serán los acentos de mi lira
el eco fiel de lo que el pecho siente;
que sin saber a todas doy la palma
en soberbia altivez á nadie cedo,
que tengo en la verdad templada el alma
y un corazón inaccesible al miedo.
Sí, que yo siento en el supremo instante
crecer mis fuerzas, redoblar mi brío,
encenderse mi mente,
y es que suena el clamor omnipotente
del alma popular en torno mío
[…]

 

                                                                                 (Fragmento del poema “5 de mayo”)

 

Más allá de las idolatrías y los desdenes, es admirable encontrar una narrativa con verdadero carácter, una punta de lanza irónica y original; en una palabra, una literatura honesta que no se da por montones en los maceteros del corredor periodístico ni literario de nuestro estado. Seguramente hace falta una justicia lectora. Seguramente hace falta una justicia institucional. Seguramente hace falta una justicia poética. No hacen falta otros cien años para darse cuenta que hemos fallado: Tijerina debe estar en la red, en las bibliotecas, en los libreros de nuestras casas.

Ahora resulta que todos estamos tranquilos: el poeta descansa en la Rotonda de los Hombres Ilustres de Tamaulipas desde el 2014 y existe un premio que lleva su nombre; que la deuda está saldada, que cada junio o julio las coronas floridas serán testigos del mensaje solemne del gobernador en turno, un mensaje que el mismo Tijerina –ahora podemos decirlo– reprobaría por decadente, mientras la lectura de su obra sigue siendo un pacto entre las sombras. En el ámbito de las escrituras actuales, Juan Bautista Tijerina sería el primer y más acérrimo perseguidor de nuestros vicios: el periodismo sin libertad, la falta de ética, de congruencia histórica, el olvido. Y sólo leyéndolo puede uno darse cuenta de todo esto.

Juan B. Tijerina nace el 24 de julio de 1857 en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, y muere en Ciudad Victoria, el 26 de julio de 1912 –según leo– ignorado por los médicos; el periódico que fundara en 1888 cerraría sus puertas, para siempre, tres días antes de su muerte.

¡Hasta la próxima!