LA TERRAZA

Ilustración: JULIA GARCÍA:

Esta columna pretende ser una compilación de escritos sobre lo que leo, lo que pienso, sentada en la terraza de mi jardín.

 

Rebecca Bowman

 

THE MINISTRY OF UTMOST HAPPINESS

 

 

Hace años escribí una reseña del libro ganador del Man Booker Prize, El dios de las pequeñas cosas. Desde entonces la autora de aquel libro, Arundhati Roy, ha dedicado su escritura al reportaje, al ensayo, al activismo, pero ahora ha vuelto a escribir una novela y ha traído toda la sabiduría que ha ganado en esos años, tanto en conocimiento como en técnica, a esta nueva obra.

La novela comienza de una manera intrigante registrando el nacimiento de un bebé intersexual y la reacción de su madre, ansiosa de tener un varón, a este acontecimiento. Desde esta viñeta doméstica, casi dickensiana, el escenario va ampliándose hasta incluir un panorama del destierro y robo de los que ocupaban los terrenos inundados por la construcción de presas, del conflicto de Cachemira, de la lucha maoísta, de toda la India.

Hay sufrimiento aquí, hay ironía, hay una desapasionada descripción del abuso de poder y el desmoronamiento de una sociedad plagada de tribalismos recalcitrantes y sin compasión. Los detalles excepcionales que usa Roy para concretizar lo grotesco que, a los ojos de una norteamericana, parecen inverosímiles, graban imborrablemente los hechos en el espíritu. La novela es un lamento y también un cautionary tale, un relato que sirve de advertencia, porque hoy en día estos tribalismos se extienden y los gobiernos autoritarios están ganando fuerza. Además, aunque es ficción, es una ficción tan pegada a la realidad que funciona también como una eficaz protesta.

La primera novela de Roy, El dios de las pequeñas cosas, se concentraba en una sola región de la India, en el opresivo sistema de castas, en el juego de palabras, creando un inglés novedoso y sorpresivo, pero las sorpresas en esta segunda novela son mayores y más contundentes. Las componen unos personajes bien formados y fascinantes, el choque de saber cómo puede el hombre tratar a otro ser humano, el asombro en la gran variedad de técnicas narrativas de las que es maestra esta escritora: el manejo del tiempo, los pequeños detalles inesperados con los que fija las escenas más horrorosas, el bombardeo de simples verdades humanas que hacen que esta novela sea no sólo dulce sino útil. En un pasaje, después de sufrir una experiencia traumática, un personaje nota que los oriundos del lugar no están muy preocupados por ella y por lo que acaba de vivir, y se da cuenta que el horror que acaba de pasar es para los del lugar parte de un día normal:

“Her matter-of-factness jolted Tilo out of the little swamp of self-pity she had allowed herself to sink into. It reminded her that she was among people for whom the ordeal of the previous night was known as normal life.”

Así, una y otra vez Roy nos recuerda que el mundo es un espacio brutal en donde a los pobres se los considera “de sobra”, en donde la verdadera guerra es entre los ricos y los demás pero que en éste hay algunos nichos en donde se puede crear una especie de santuario. Así el bebé intersexual del principio, ya convertido en uno de esos sagrados pero marginalizados seres llamados Hijra, que al principio se especula que son incapaces de sentir la felicidad por traer adentro toda una guerra entre lo femenino y lo masculino, acoge y abraza a multitudes de personas que requieren algo de amor, de consuelo, de alegría. Esta metáfora de un ser que ya nació con conflictos pero que halló armonía tal vez represente algo de lo que espera Roy para la India.

No puedo escribir de este libro sin mencionar la tremenda maestría con la que crea Roy al personaje de Amrik Singh, un villano tan memorable como los de Dickens o Dostoevski. Un sij que termina sus días en Clovis, California, una figura que posiblemente jamás me dejará de espantar. Sin embargo, seguramente existe no sólo un ser idéntico a él en este mundo sino muchos iguales a él.

No obstante, Roy no es sólo capaz de dibujar al individuo. Es muy hábil para pintar lo colectivo, para crear escenas de multitudes que se ven no uniformes sino en toda su variedad, pero en las que se siente una personalidad compartida, un corazón masivo. Conoce bien su nativa India en toda su pluralidad de lenguas, culturas y religiones, de modernidades y tradiciones, de alegrías, riquezas y rencores, y entiende bien al mundo. El compartir con nosotros esta visión devastadora pero esperanzada es darnos un tesoro milenario.