HOMBRE AL AGUA

Arturo Castillo Alva

 

HOMBRE AL AGUA

 

 

Son las diez cuarenta de la noche. Martes veintiséis. Sí, sí, diciembre; qué le vamos a hacer. Oliveria me hostiliza preguntando si ya escribí el texto para Ylanave. Es que no se me ocurre nada, le digo.

Llegamos a casa a poco de anochecer luego de una comida programada ha tiempo. En la reunión hablé demasiado y salí con una sensación de vergüenza que perduró en mi garganta durante el trayecto; me recordé al peor de mis amigos tratando de monopolizar una reunión a punta de estupideces. Estaba cansado, tal vez por lo mismo. Harto de mi y de mi voz. ¿Cómo se pierde la vergüenza? Pero también harto de diciembre. Pedí café a Oliveria y lo bebí en silencio. Me recosté con la televisión encendida y seguro dormí un rato. Habló Sergio para que nos veamos mañana. Luego me levanté y me puse a cambiar de sitio unas bocinas.

Ahora me he puesto a escuchar música pero nada me acomoda. Cambio a Nathan Kalish & The Lastcallers por Papa Wemba, ese músico africano muerto el año pasado ¿o fue el antepasado? Ahora haré callar el piano de Brailowsky e iré por Milva cantando al legendario Mikis Theodorakis.

La música siempre ha sido un gran consuelo en mi vida. Una alegría. Otra tristeza. El rostro frente a mi detrás de mis cervezas cotidianas. Ah, salud. Recostado fumando en el sofá de mis años. Imaginando mundos, aunque sin mucha imaginación. Nunca tuve una imaginación con la gracia o la desgracia de poder desligarse de la realidad. Muchos años con un cuaderno a un lado y encima una pluma. Desde que pude hacerlo siempre procuré tener un equipo de sonido, casero, pero poderoso. Que sonara fuerte al fin que no teníamos vecinos cercanos. Me salía a orinar al patio a las tres de la madrugada y hundido hasta el cuello en la noche bajo los encinos me gustaba escuchar el fuerte sonido de la música como un himno que prometía amanecer, mientras mi chorro golpeaba la tierra fresca del otoño vaporizando. Y Olivia dormía. O no. Y esperaba el final de una canción, la pausa entre una y otra, para anunciar desde la escalera: “Voy bajando”, para que no fuera a sobresaltarme. Y su anuncio me hacía reír. Luego aparecía en el rellano con sus bellos rizos desordenados. Todavía hoy sonrío al evocarla.

Acumulé libros, acumulé discos. Acumulé contento tanto como puede el contento acumularse, contenerse. ¿Cómo un mundo tan lleno de música y de palabras nobles ha podido ser un mundo ruin? Pero lo ha sido. Lo es. Creado por los hombres, dios no pudo o no quiso autocrearse, existir de veras. Ayudar un poco, carajo. Prefirió seguir inútil en la imaginación de los hombres, inservible siquiera para enjugar un llanto; continuar inerte en las enormes tumbas de piedra. Donde nada entre cirios puede vivir.

De niño y en la adolescencia, más en la adolescencia, yo cantaba mucho. A toda hora. Me gustaba cantar; me gustaba mi voz cantando. No era una invocación, era un gusto. Y ni siquiera sé si lo hacía bien. Adulto, Teodoro me dijo una vez: “Se nota que tú si entrabas a clase de música en la secundaria, cantas feo pero siempre estás entonado”. Teodoro está muerto. Muchas cosas están muertas. Mi propio canto murió hace años. Fui perdiendo la entonación: mi cerebro la ordenaba pero mi garganta se negaba a obedecer, ya endurecida. Acalambrada por el miedo. Herida por la intragable comida de la tristeza cotidiana en la prisión de un país de mierda.

Un tiempo pensé que la música que me gustaba era una música que ya traía adentro, que había nacido conmigo, que solo esperaba el genio que la haría sonar: cuando la escuchaba por vez primera de inmediato la identificaba como mía. ¡Era mía! ¡Mi música!

Con los libros me pasó igual. Supe siempre que había libros que habían sido escritos sólo para mi. Los reconocía leyendo la primera línea, mirando únicamente la portada, el título. Y en silencio agradecía al autor su deferencia. Faltaban sólo unos cuantas páginas, muy pocas, y esas me apliqué a escribirlas yo mismo, para mi. (Y me da cierto gusto haberlas escrito sin saber hacerlo). Un tiempo pensé: todos deberían encontrar su música, la que traían dentro desde su nacimiento. El ritmo de su sangre. Todos deberían saber que hay libros que fueron escritos sólo para ellos y luego ponerse un día a escribir las pocas páginas faltantes.

Ya ese tiempo quedó atrás. Aunque sigo en el sofá, recostado, escuchando, mientras se acumulan tres o cuatro cervezas al pie del sofá. Matilda se acerca, las olisquea y luego huye del humo del cigarrillo que le disgusta. Me mira con rencor desde más allá de la mesa. Ya no tengo a mi lado la libreta y la pluma, aguardando. Pocas cosas trae la noche que no sean previsibles y estoy lejos de mi patio y los encinos, de las mañanas brumosas, del ruido del mar en madrugadas de barrunte.

En fin, las páginas que me faltaban ya fueron escritas. Pergeñadas con dificultad ¡Y cuánto me divertí escribiéndolas! Me proporcionaron una vida aledaña a la mía; fui mi propio vecino. Nos saludábamos por la mañana de un patio al otro: “Buenos días, vecino”. “Buenos días”. “Este verano aún no se alborotan los moscos”. “Mientras no llueva, vecino”. Pero eso sí, nunca lo invité a mis fiestas ni él a la suyas: hubiera sido chocoso ¿de qué más podíamos hablar?

Cuando era muy joven una vez pensé que nada había por entender: por la ventana el día era claro y a la luz del verano intenso nada podía quedar oculto. Cuando luego llegó el tiempo de abrir la puerta, encontré sitios oscuros, sospechosos, me alerté. Pero en un país de asesinos y ladrones nunca se está suficientemente alerta, lo supe más tarde.

He sido un tipo la mar de sedentario. Si hubiera tenido la certeza de que alguien me esperaba al final del camino tal vez hubiera echado a andar. Pero siempre supe que la última estación del tren tenía años de haber sido abandonada, los músicos de la banda habían muerto, los instrumentos musicales eran polvo de herrumbre.

Pasé del sillón donde lloré muchas noches la ausencia de mi hija adolescente que había salido en busca de su propia vida, al sofá donde he pasado medio siglo. Aquí espero ahora dejar este texto. Y mañana, pasado, nosecuándo, dar por terminado otro año. O todos los años.

Diciembre/2017