EN ALTA VOZ

Ilustración: JULIA GARCÍA

Ana Elena Díaz Alejo

 

EN ALTA VOZ

 

 

Borges dijo de Lugones: “No hay una página de su numerosa labor que no pueda leerse en voz alta, y que no haya sido escrita en voz alta.” En efecto, algunos poemas no pueden ni deben leerse en silencio: nacieron para la alta voz, para recibir la sonoridad de la voz humana, para concordar con lo sonidos natos del Universo. Y no se trata de efectismos o de juegos rítmicos subyugadores de las masas, sino de una maravillosa continuidad de la música que, algunas veces, no deseamos escuchar, tal vez porque, proveniente de la Naturaleza, ya su presencia está integrada a nuestro entorno.

Otros poemas pertenecen, sin duda, a una lectura en solaz y quizá a un momento propicio acompañado de cierto tipo de silencios o de sonoridades apropiadas, tal vez como el majestuoso tumbo de las olas –diría Gutiérrez Nájera–, o la recatada presencia del cierzo invernal.

La lectura en voz alta impone requisitos muy precisos: el primero es el silencio en su entorno, ese silencio indispensable para el orador frente a una audiencia interesada en escucharlo. Y de aquí ‒debemos reconocerlo‒ el silencio se devana como principio y consecuencia: sí, el silencio es provocado, en primera instancia, por el interés, por la curiosidad, por el deseo de saber; en segunda, por el respeto exigente de la palabra en voz alta. Sin el silencio no podemos oír ni, mucho menos, escuchar. De este modo, el silencio es la condición sine qua non que permite a un orador, lector o instructor, hacer llegar a sus receptores la palabra oral.

La lectura es asumida, tradicionalmente, como un acto individual preferentemente realizado en el silencio, en la quietud, en la comodidad que permita la concentración de las ideas. Y si bien ese tipo de lectura puede realizarse a pesar de condiciones ambientales adversas, es posible llevarlo al cabo aun esforzadamente. No es el caso de la tradicional comunicación en alta voz, discurso oral o declamación de un poema, todos dignos de atención, de tiempo.

Las exigencias primarias para la palabra en alta voz reclaman, naturalmente, un sitio especial, según el mensaje a comunicar. Hay voces para la plaza pública, para el ágora, para la recepción popular: son exposiciones que conducen intereses compartidos: necesidades citadinas, sociales, políticas en general: la polis está presente y se yergue, poderosa y única, entre las ideas y las intenciones, entre el lenguaje oral y las experiencias unificadoras de los pueblos: son las voces de los rétores, de los políticos, de los adalides. La respuesta social es inmediata: aplausos, gritos, complacencias.

Pero hay otras voces, las de los artistas, las de quienes transforman el espíritu del mundo y tras cada palabra suya hay un puñado de imágenes y de metáforas. A ellos, a los poetas, habrá de escuchárseles en quietud: su voz, siempre alta, aun leída en silencio, une los espíritus de quienes la escuchan, conduce la imaginación por caminos inesperados, provoca el encuentro de las ideas, de los sentimientos, de las experiencias y nos invita a contemplar el universo desde otros confines.

Las voces artísticas pertenecen al recinto cerrado, al claustro, al ambiente respetuoso a la espera de la palabra poética y del envío espiritual necesario para enfrentar el mundo desde otros confines. Esos recintos cerrados, destinados en todos los niveles de los estamentos municipales o federales para recibir al arte, son las casas de la cultura, los teatros de cámara, los pequeños auditorios: espacios donde la voz artística pueda hallar la réplica vibrante en cada línea: son palabras en voz alta y pertenecen a la alta cultura, no a la cultura transformadora de los dones de la Naturaleza en objetos al servicio del hombre, sino la que se arraiga en las conciencias, la que anida en los espíritus y logra elevarse hacia el Universo. Esos sitios de recepción imponen sus restricciones: en primer lugar, la consagración de su ámbito como único, como permanente, como exclusivo para la recepción de altos dones. Cualquier alteración a estos lugares es una usurpación in situ. Respetar estas áreas para los fines que han sido creadas es una condición fundamental para el buen ejercicio de toda administración. El libre paso propiciador de la contaminación de espacios en beneficio de aparatos políticos profana y arremete contra los límites, contra la natural definición de los objetivos de cada sede.

La obligación ciudadana es hacer conciencia sobre estas faltas imperdonables de modo que cada actividad responda a su lugar de trabajo, a su ámbito. Sólo de esta manera mantendremos la armonía imprescindible en cada una de nuestras labores como partícipes de un proyecto común.

 

https://endulcecharla.wordpress.com/

 

 

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