COMER, BEBER, AMAR

Ilustración: JULIA GARCÍA

Sandra Muñoz

¡PURA VIDA!

 

I.

Dice Shakespeare por boca de Prospero en La tempestad, la que se cree fue su última obra:

Somos de la misma sustancia de los sueños,

Y nuestra breve vida

culmina en un dormir.

Le voy a contar, en un acto de sinestesia pura, lo que mis ojos oyeron y mis oídos vieron hace un par de años.

II.

¡Plas! Tara rí—- tararararararárarí —-tararararararárarí—- tarárarítarára-rí//chuuuuuuuuunplimplumplam ti raaaaaráraaaariiiiiraaaaaa // chuuuuuuuuuunplimplumplam ti rurári tra tratraaaaaá… primprum parán parám param trás! Yo, que soy la reina de las onomatopeyas, le digo así lo que escuché.

En la pista, el más chamaco ronda los sesentas.

En la orquesta, el más joven peina canas, hartas. El director no, él luce cabellera ala de cuervo, negro intenso, a juego con el traje perfectamente planchado. Corba-ta roja. Levanta los brazos y el chuntararararárararara—plum tas tas—tas tas tás empieza a sonar.

Claudio Rosas hace trampa, se coloca justo junto al pilar que sostiene el techo para recargarse. No ha de ser fácil sostener todos esos años de experiencia. ¡Pra-rirararará rarairasai! sopla el chuá de las trompetas.

Permanecerá así, recargado, mirando al tiempo, durante las próximas tres piezas; él no necesita volver a levantar los brazos: su presencia, su mirada de ojos claros, bastan para que “sus muchachos” se acoplen, suenen, vibren. No, no necesita moverse innecesariamente, después de todo tiene 64 años dirigiendo.

¿Cuántos años tiene Claudio Rosas? Saque usted cuentas, empezó a dirigir la Internacional Orquesta Tampico en 1951, cuando el maestro Guadalupe Saldívar se retira. ¡Ala, son un montononal de años!

Trirará….trirararái cliusclasplaaaam..

Un altero de sillas tapa la puerta que dice “salida”. Olvidaba decirle, estamos en el Hotel Mandarín, en el lugar donde de 12:00 a 16:00 sirven buffet de comida china, pero a las 18:00 el espacio se transforma para recibir a la Internacional Orquesta Tampico, así que las sillas se han apilado al frente de la puerta para improvisar una pista de baile. Pregunto al mesero por el menú (en la pared anuncian arroz frito a 48 pesos el litro) pero el mesero me dice que no hay comida, nomás Don Julio –¡ya con eso! pienso-, refrescos, micheladas y negra modelo.

-La comida usté la puede traer de donde quiera. Y la botana también.

En ese momento pimparámpampampampím- pampim pará-rarararí ¡adivinó: las mañanitas! En la mesa de al lado celebran un cumpleaños con un pastel rosa, chicharrones de harina y un gran bote de nescafé. La del cumpleaños, de menos, ha de cumplir 70. Todos aplaudimos, felicitamos, no importa si no nos conocemos. Luego, en la pista, el chuá de la trompeta vuelve, el trintirín del teclado, el plum-plas de la percusión, los brazos en alto del maestro Rosas. La pista se inunda. Una señora con sombrero mueve las caderas. Un señor alto baila con “su” señora tomándola de la nunca; bailarán tres piezas seguidas y nunca quitará su mano fuerte de la nuca de ella. Parejas, muchas, que en cada dupla suman más de 130 años. Parejas, muchas, que en la forma de agarrarse para el baile, se sabe, se huele, que aún se siguen ¿amando? ¿deseando? El amor y el deseo a ratos se parecen tanto. Las manos donde deben ir: cintura, nalgas, hombros, espalda me-dia, dedos entrelazados. ¡Ay!

Cada tres canciones la orquesta hace una pausa. Conocen bien a su público, los bailadores sólo aguanta tres seguidas y luego a sentarse. Aprovecho la pausa para salir, cruzar la calle Altamira y entrar al restorancito de las cachetadas. El letrero anuncia que las sirven desde 1928.

-Seis en un plato y cuatro en otro. Para llevar, por fa.

Ensalivo al mirar la preparación: cachetear la tortilla con frijoles, deshebrada, doblarla, meterla al aceite chirriante, cubrirla de repollo, tomate, queso fresco. Coronarlas con zanahorias. Slurp, fssssss, haaaaaa.

Cruzo la calle de regreso al Mandarín. La tocada y la bailada reanudan. Las parejas se enredan otra vez. De repente, entre la marea de cuerpos que ondulan, un hombre chaparrito con camisa azul irrumpe, se abre pista solo, baila y corea:

…quiero que te enojes y me digas que me quieres, ah, quiero que te enojes y me digas que me quieres, ah…

       con todo y su borrachera, se adueña de la pista, la goza, bailaaaaaaaaaapirún para ratrantuuún, lo sacan. Alguien grita desde una mesa:

-¡Déjenlo! Nomás es que le gusta la música, ¡déjenlo!

No hay coro que le secunde.

Como para evadir el tufo de euforia y alcohol que ha dejado en la pista el chaparrito de camisa azul, otro hombre, chaparrito también pero muy bien peinado se levanta y toma el micrófono. Canta.

       Cómo fue, no sé decirteeeeeeeeeecooooómo fue, no sé explicarte que pasooooó, peeeeeero de tiiiiiiií me enamoré, parumbalumbapauguarau.

Todos los presentes cantamos con él. A Claudio Rosas, recargado en la columna, le brota una sonrisa de lado.

La noche está puesta.

La Orquesta se despide. Nadie pide otra, a esa edad, ya se conocen muy bien las reglas de jugar a la vida.

A la salida, todos se cubren la cabeza.

Se me pasaba decirle que es diciembre en el puerto y el frío, el viento y la humedad, acarician a su modo violento la piel.

El más chamaco de los que salen ronda los sesenta, ¡pero son pura vida!

III.

Le contaba yo al principio del Próspero de Shakespeare, ése que crea con su arte -la magia- tormentas, transforma la realidad de su isla, lleva hasta su terreno a quienes desea, construye una realidad paralela para llevar a cabo su venganza (éste es el momento en que si no entiende la referencia, se ponga a leer La Tempestad), pero al final, opta por el perdón y dice, en un epílogo que siempre es tentación decir en voz alta para los que hacemos del teatro nuestra forma de vida:

Ahora el poder de la magia llega a su fin

y solo me quedan mis propias fuerzas,

ya cansadas. Ahora es cierto,

podríais aquí confinarme

o enviarme a Nápoles. Aquí no me dejéis,

pues ya recuperé mi ducado

y perdoné al traidor; no querrás abandonarme

en esta isla desolada, cautivo de vuestro hechizo.

Libradme de mis ataduras; hacedlo

con vuestras propias manos.*

Llene gentil vuestro aliento mis velas todas

o habré fracasado en mi empeño

que no era sino el de agradaros. Ya no tengo

Espíritus que me obedezcan, ni artes para encantar.

La desesperación será mi fin

si no tengo el consuelo de una plegaria,

seducid a la piedad que me libre del pecado.

Y puesto que para vuestros pecados queréis la indulgencia,

será vuestra indulgencia la que me libere.

Claudio Rosas, con su sonrisa de lado y su cabello color ala de cuervo, sabe, como Shakespeare, dónde es que radica la verdadera magia, la perdurable, la de la creación compartida.

IV.

El maestro Claudio Rosas y la Internacional Orquesta Tampico tocan todos los domingos en el Hotel Impala, de 18:30 a 23:00, el cover es de cien pesos, nunca mejor gastados. Vaya, y con vuestras propias manos, libren de ataduras el sueño… ¡apláudanle pues!

Las cachetadas que le platico están en la calle Altamira, entre Isauro Alfaro y César López de Lara.

Ah, si disfruta la experiencia, se toma un Don Julio a mi salud. ¡Plink!

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*Hay quienes han traducido “con vuestros aplausos”