CIERTO TESTIMONIO

Ilustración: María Julia González

Celeste Alba Iris

 

(Nota: “Aquí donde te encuentro” es el título de la instalación fotográfica con la que Celeste Alba Iris, recién el pasado noviembre, recibió el Premio Manuel Ramos de Fotografía del certamen Veinte de Noviembre en su VXVI edición. Tal reconocimiento es otorgado por el gobierno de San Luis Potosí a través de la Secretaría de Cultura. YlanaveVa felicita este nuevo estímulo a la variada obra de la escritora y colaboradora nuestra Celeste Alba Iris)

 

 

RENEGOCIAR LA ESPERANZA

 

Todos los primeros días del año desde que tengo uso de razón, es lo mismo. Se anuncian las nuevas alzas, se pronostican los alcances de la crisis. Se nos asusta con el filo de las garras, lo pronunciado del colmillo. Algunos siguen persignándose, muchos hastiados levantan el brazo; mentar la madre a la desgracia suele ser señal de fortaleza. Otros, apenas subimos y bajamos los hombros. El porvenir es una constante, una mochila en la espalda con la que hacemos el camino.

Soy de la generación del caos monetario. Numerosos recuerdos de infancia son pronósticos de devastación económica. Aún no se poblaba el bigote de los muchachos y ya tenían el saldo agotado. Muchas nostalgias de juventud son aquel desafío, ese mañana sin rendirse en un país con la hipoteca vencida.

Para nuestros padres conseguir una plaza laboral era la certeza de días mejores: hacer familia, veintiocho o treinta años de producción activa., luego el tiempo de viejo con una pensión reglamentaria. Los obreros de PEMEX ganaban bien. Sacudía la pobreza pertenecer al sindicato. Entrar a CFE, a TELMEX, o trabajar en el Seguro Social, dignificaba la jornada. Las empleadas bancarias y las azafatas lucían glamorosas sus zapatillas, uniformes con mascada al cuello, maquillaje líquido de Max Factor, colorete rojo, sus enormes y tupidas pestañas Pixie abanicaban la ilusión del “mientras me caso”.

Sin embargo, un empleo de planta no representó para nosotros un futuro con horizonte. Somos también trabajadores de confianza o autoempleados. Aquellos que no, se enlistan en la fila de suicidas. De este último batallón, bien vale festejar a los desertores. No sé cuántos, desde los que recordamos a Luis Echeverría como nuestro primer presidente, lograrán jubilarse (conste que no es una falta de gramática, de antemano sé que no pertenezco a esa estadística).

Baste ver lo que han hecho con sus adelgazados ingresos nuestros contemporáneos que heredaron una plaza de Petróleos, o en manos de quién vino a quedar el orgullo de pertenecer a Teléfonos de México. Los sobrecargos y las chicas tras la ventanilla o el escritorio trabajan ahora aún casadas, ganaron sobrepeso, malhumor, desesperanza. Usan zapato de piso, el cabello recogido, una bata de tergal, uniformes con descuento. Las he visto atender con las medias rotas, con la sonrisa y la mirada descolorida.

No hay piedad en el comentario que refiere a quienes ganan mejor, se pugna por disminuir las prestaciones, nos escandaliza el monto de algunos aguinaldos… ¿En qué momento se convirtió en inmoral ser bien retribuido? ¿Por qué pareciera antipatriótico hasta jubilarse? ¿Cuánto vale nuestro esfuerzo cotidiano? Y eso… ¿para qué nos alcanza?

Ya tendremos nuestros pocos pesos de más al salario vigente, nuestros muchos gastos con precios aumentados… Sin embargo, lo que verdaderamente debemos mantener a la alza, no hay de otra, es la fe que nos mantiene guardando el equilibrio en la cuerda floja de los días, año tras año.