Verdad y ficción en la narrativa

Foto: Miguel Ángel Camero

Ana Elena Díaz Alejo

 

VERDAD Y FICCIÓN EN LA NARRATIVA

 

Las reglas que se le “imponen” a la ficción ¿son para que ésta sea más ficción o para que se acerque más a la realidad? ¿O se han escrito sólo para la facilidad de un (im)probable lector?

Escuché estas preguntas al comentar una novela, y me parece interesante bordar sobre el asunto. Cuando un narrador cuenta una historia, habla de relatos perfectamente construidos para vehicular su visión del mundo. Un lector de novela no gusta de los caminos fáciles: su experiencia le aporta los instrumentos suficientes para descubrir los propósitos enviados en el discurso, sólo exige verosimilitud y  referencias precisas. Vayamos por partes.

En la vida real no vivimos de verdades, sino de certezas. Creemos en lo aceptado como cierto o, en algún sentido, comprobado como auténtico. Por supuesto, la perspectiva es infinita. Y en tratándose de ficciones o, en términos más precisos, de escenarios ficcionales, entre la verdad y la certeza los caminos se multiplican. La verdad no importa. Los lectores sólo necesitan creer en el mural creado por alguien capaz de observar a profundidad la conducta humana y sus contextos: sólo así lo comprenderán a la luz que el autor les envía.

Ahora bien, ¿cómo lograr la credibilidad en ese mundo a contemplar? Debe poseer el ambiente justo exigido por sus personajes y su momento: cronotopos esenciales iluminadores de hechos, ideas, mitos, objetos, estilo de vida. Si en la atmósfera presentada entran elementos no funcionales en la historia expuesta, se corre el riesgo de tocar el lindero de la fantasía y caer en la maravilla, es decir, en sucesos donde todo puede vivir, pero dentro de otra lógica, bajo otros términos de “veracidad”. En este caso, deben considerarse otras técnicas específicas: se incursionaría en otro u otros géneros.

Los lectores enfrentan ciertas premisas: lo contado no necesita ser verdadero, no existe con exactitud ni fidelidad de secuencias, pero sí es cierto, es decir, es verosímil, congruente, creíble. Los lectores asumen una escenografía espacio-temporal estructurada especialmente con los ingredientes necesarios para acercarse a otra manera de observar la vida. Este gran propósito, latente en esa escenografía, debe estar meticulosamente apuntalado en la realidad conocida por los lectores; sólo así éstos apercibirán con plenitud el escorzo que el autor ha descubierto y desea compartir con ellos.

La ficción no es una prosa simple. Representativa y evocadora de un universo de experiencias, es afectada principalmente por el estilo de quien la escribe –las palabras tienen mil y un significados. La opulencia de sus posibilidades, su credibilidad, su claridad, caminan al ritmo del pulso del escritor. Validada siempre por su calidad referencial, por su lógica interna, por la presencia puntual de datos básicos en sus secuencias espacio-temporales, por la configuración conveniente de los personajes que la habitan, la ficción hará llegar a todo receptor la versión más cercana a la “verdad” del narrador. Los riquísimos recursos gramaticales y retóricos serán los mejores asistentes de quien escribe, pero también de quien lee: facilitarán el camino construido por el binomio autor-lector en el momento de la lectura, suceso compartido mutuamente al coincidir en el mismo fin: el hombre en sus múltiples posibilidades de actuación, las perennes sorpresas de la lengua y el placer mutuo del encuentro en el campo de las ideas.

El discurso narrativo, mayúsculo acto de habla, conduce una historia, ciertamente, pero en ella van convencimientos, vivencias confirmadas, información suficiente, intenciones del escritor: catarsis discursiva conductora de luces nuevas, de matices refinados cuyo blanco definitivo es el lector siempre dispuesto a descubrir cauces inesperados de la lengua y a encontrar múltiples significados. Este proceso aportará una certeza más en la experiencia frente al texto: la realidad descubierta por ciertos ojos bien puede ser absoluta fantasía, pero contemplada por otros, o en otro momento, la fantasía misma emerge de algún resquicio de las certezas. ¿O no lo cree usted así?

 

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