San Diego de la mar

Foto: Miguel Ángel Camero

Sergio Santiago Rivera

 

SAN DIEGO DE LA MAR

 

Algunos años después de la rebelión petrolera.

En un extremo del estudio, encorvado sobre la mesa de trabajo, su mano traza los primeros rasgos físicos de una región de la costa del Golfo de México. El dibujante se esfuerza en recrear el devenir de la planicie costera: el curso de los ríos, lagunas, pantanos y algunos pueblos. Llama la atención San Diego de la Mar, un pueblo acostumbrado a la suave cadencia de las olas. Localizado en la margen de la Laguna de Tamiahua, hacia donde se pone el Sol, y como fondo, en su margen opuesta, el mar. El artista percibe el momento fugaz de un paisaje que cambia constantemente, y con un ligero contraste en el azul profundo, aparenta detener el movimiento de las olas, como una impresión instantánea de la vida.

 

PRIMERA PARTE

Es un trabajo que busca la belleza casi inalcanzable: aquella que eleva a la persona por encima de la vida cotidiana. El departamento de dibujo está ubicado en el mezanine del magnifico edificio conocido como El Águila, que originalmente, antes de la rebelión, perteneció a la Compañía Mexicana de Petróleo, propiedad del inglés Weetman Pearson.

En ese apartado paraje de densa vegetación, el río fluye montaña abajo y a medida que desciende a través de la Sierra Madre Oriental, su cuerpo en movimiento se convierte en una fuente sonora de gran intensidad. El movimiento rápido de las hojas y de algunas pequeñas ramas sobre la corriente del río, hacen evidente la forma arrebatada de su caudal. En ese paisaje de árboles, cascadas y rápidos, diminutas partículas del río se elevan en el ambiente, formando un velo fino que se hace visible bajo los primeros rayos de luz. En su viaje, la corriente fluvial se aproxima a formas más apaciguadas, donde el relieve casi plano, integrado por la llanura de inundación, lagunas y pantanos, se pueden observar las curvas de alta amplitud que describen el curso del río Pánuco. Recodos esculpidos por la presión cambiante del flujo estacional, típico de las altitudes cercanas al nivel del mar. Con su carga en dirección a la costa, delimita por un costado al puerto de Tampico. Y con su cuerpo ondulante registra etapas de la vida cotidiana de la ciudad. Al final, al terminar el día y desembocar en el mar, suelta con suavidad los datos que lleva en suspensión, como un testimonio que dará fe al desarrollo de la vida. Una historia sin adulterar, escrita cronológicamente en las capas de la tierra, acerca del destino de la vida, como la evolución de nuestro linaje, de aquellos viejos homínidos que registran en la roca el instante bípedo que nos permitió vagar por el mundo, en busca de una vida mejor. En ese largo andar experimenta cambios en su esencia primitiva, como el crecimiento en el volumen de su cerebro. Ahora es capaz de comprender, querer y sentir. Pero aún se niega a renunciar a su conducta depredadora.

Al otro lado del río, en su margen derecha, la laguna de Pueblo Viejo.

Cuando Pearson llegó a México, a principios del siglo XX, comentaba que buscaba perlas en el mar; quizá era una metáfora, con la intención de ocultar el sentido de su misión. Como quiera que haya sido, jamás imaginó que en San Diego de la Mar cumpliría su misión de una manera tan sorprendente para todos.

Pronto, bajo el amparo del Porfiriato, destaca en la realización de obras públicas como las obras portuarias de Coatzacoalcos, de Veracruz y Salinas Cruz, así como vías de ferrocarril y unos canales de desagüe. Pero, al igual que los mexicanos, no sabía ni entendía nada sobre la exploración y explotación del petróleo. No había conocimiento, no sabía el cómo hacerlo.

La sensibilidad óptica del dibujante, y su estado de ánimo le permitía vivir el objeto pintado. La Naturaleza se echaba a andar, contaba con todos los símbolos y leyendas, por ejemplo, un centímetro en el papel representaba un kilómetro en el terreno; un pequeño círculo negro significaba un pozo perforado. Con letra clara y bien formada, el dibujante escribía el nombre de los antiguos pozos petroleros. El nombre de uno de ellos lleva a su memoria la historia de un pozo tan espectacular que sorprendió al mundo. Es un testimonio que hemos olvidado, es una historia que puede volver a suceder. Recordemos como fue:

Treinta años atrás del inicio de la rebelión petrolera, en ese hermoso escenario de la llanura de inundación, la torre de perforación de la Pennsylvania Oil Company, contratada por Pearson, lucía como una banderilla que podíamos sentir en la piel. Tenían meses de trabajar sin buenos resultados. Pero las cosas están a punto de cambiar.

A centenares de metros de profundidad, la barrena se abre camino a través del subsuelo. Justo en el momento que la barrena avanza cortando la roca, por el interior del tubo de perforación, circula un líquido fundamental de agua y arcilla que desciende hasta llegar al fondo del pozo. Al retornar a la superficie, circula por el espacio anular, entre el exterior de la tubería y la pared del pozo. Éste circuito lubrica y enfría el sistema, al tiempo expulsa la roca cortada a la superficie y mantiene el control de la presión del pozo.

Siempre uniformados con su vestimenta de explorador de color caqui y su inseparable casco colonial inglés, los empleados registraban todo con escrupulosa severidad. El control de la profundidad del pozo dependía del numero de tubos utilizado. Las muestras de rocas cortadas por la barrena eran analizadas: el color, el sabor, la textura, el contenido de fósiles.

(continuará)