Comer, beber, amar

Foto: Miguel Ángel Camero

Sandra Muñoz

EN REALIDAD EL AMOR…

 

¿Cuántas maneras de querer usted conoce? ¿Cuántas formas del amar?

El año pasado, investigando algunas cosas para un proyecto al que denominé “Sh-Boom. Trilogía escénica sobre la soledad, el amor y la Odisea”, me encontré con una tesis de la Universidad de Vigo –esa ciudad española en la parte occidental de la provincia de Pontevedra– que citaba lo siguiente:

 

De hecho, en la Grecia Antigua no existía ninguna palabra que se pudiera traducir de forma literal por el vocablo latino amor. Muy relacionados con el amor existían los vocablos eros, ágape y philia; el primero, hacía referencia al deseo o a la atracción erótica; el segundo, definía el cariño y la caridad, y el tercero, las relaciones de amistad.

Luego entonces esta palabraza tan compleja, amor, en la Grecia clásica no estaba conceptualizada como comúnmente la empleamos en estos días, ni las relaciones amorosas se establecían con nuestras normas –que más bien son herencia del medioevo–, pero sí existía como sentimiento.

Yo por mi parte conozco muchas formas de querer. Múltiples formas del amor:

* El amor irrefutable de mi madre, en forma de café y un par de huevos montados con maestría sobre una tortilla frita, por ejemplo.

* El amor que crece tallado sobre las raíces de un olivo y que por lo tanto es prácticamente indestructible e inamovible, porque aunque los olivos son árboles generalmente cortos, su sistema de raíces es muy amplio en su búsqueda de agua. El tronco grueso y el sistema complejo de sus raíces es lo que le permite al árbol resistir en los periodos de sequía y permanecer vivo y productivo durante cientos de años. Olga y Sergio, con sus 61 años juntos más lo que se vaya acumulando, son la perfecta forma que conozco de amor-olivo.

* Hay formas de amor embriagadas de pasión, de padecer, de perturbarse, de desbordarse, de no poder ordenar las ideas, del fracaso de la voluntad,de decidir por impulsos, de esperar con ansia la llegada de las tres de la mañana para descarrilar un tren, de permitirse entrar en el infierno del otro, de tratar y no poder entenderlo en toda su monstruosidad y locura, de querer morder y rasgar. Esa forma de amar que no tiene más certezas que las del cuerpo y que sólo encuentra la paz en el momento de encontrarse y adentrarse en la mirada del otro y que sólo se sacia al momento en que se instaura en el cuerpo un humedal …o cuando se toma uno siete tequilas de un jalón.

* Hay otra forma de amar que empodera los pequeños ratos de vida en común. Una forma en la que se buscan fusibles ya muy entrada la noche para que vuelva la luz a casa. El amor de quedarse dormidos sobre el pecho del otro escuchando un podcast, la radio. Esa forma de amor de despertar todos los días con el otro, de desayunar en la cama a veces, de pintar las paredes, tender la cama, compartir cajones, tener dos cepillos de dientes en el baño, prestarse la pijama o abrir el balcón en invierno para sentir el aire correr. Esa forma de amor que se construye de mirar la tele, de contarse la jornada o el libro que se está leyendo, de preparar la cena, de aburrirse juntos, de sentir el tiempo en paz… El amor del cotidiano, pues.

* Otra forma que conozco es la que toca por instantes lo extraordinario: robarle un beso al otro frente al mar; prenderle fuego a un postre; cantar a grito pelado manejando a 150k por hora; bailar descalzos; huir un par de días para mirar al Sol ponerse sobre una laguna o irrumpir con mariachis en medio del mar; rescatar un gato en medio del camellón; contemplar juntos cien pelícanos en el horizonte; sostener intensamente la mirada del otro al borde de una escalera mientras los cuerpos… Una forma de amar hecha de instantes fugaces. Chispitas de lo asombroso.

Y unas formas no excluyen a otras, a veces se pueden sentir todas juntas, al mismo tiempo. Se lo juro.

Siempre he pensado que la Tisbea de Tirso de Molina es una mozuela tonta cuando en su primer aparición reniega del amor diciendo:

Yo, de cuantas el mar,

pies de jazmín y rosas,

en sus riberas besa,

con fugitivas olas,

sola de amor exenta,

como en ventura sola,

tirana me reservo de sus prisiones locas.

 No ha pasado ni una página de haber dicho esto, cuando Don Juan aparece, y aún medio ahogado como viene, haciendo honor a su labia le dice:

Vivo en vos, si en el mar muero.

Ya perdí todo el recelo

que me pudiera anegar,

pues del infierno del mar

salgo a vuestro claro cielo.

Y Tisbea recibe su merecido por haber abjurado del amor con tanta soberbia, pues en mirándose en los ojos de Don Juan y habiendo escuchado sus palabras, pierde toda voluntad y se entrega a ese tipo de amor del que le contaba que sólo se calma con el cuerpo del otro.

Parecéis caballo griego,

que el mar a mis pies desagua,

pues venís formado de agua,

y estáis preñado de fuego.

Y si mojado abrasáis,

estando enjuto, ¿qué haréis?

Mucho fuego prometéis,

plega a Dios que no mintáis.

 

La última vez que leí el Don Juan de Tirso, abrí el balcón, descorché la botella de tinto que me traje de la ruta del vino y me zampé 250 gramos de chocolate amargo relleno de zarzamora dulce. Y es verdad, sentir el chocolate derritiéndose en la boca, produce feniletilamina, la misma endorfina que el cerebro segrega cuando uno se enamora.

Confesión de última hora: yo me enamoro mucho y casi siempre la cosa termina mal. Pero voy aprendiendo. Ahora, por ejemplo, trabajo en una forma de amor que tiene que ver con el fluir; fluir y confiar en que el otro tenga la paciencia de esperarme las doscientas setenta y dos noches que aún me faltan para cumplir la promesa que me hice a mi misma de completar quinientas antes de un olvido.

La fe que tengo puesta en esta nueva forma de amor que descubro, tiene su base en el texto de una obra que actué hace mucho tiempo y que decía que “En realidad el amor… es el don de convertir a los amantes en amigos perdurables”. Ahora lo creo.

*****

Nota de último momento: escribí este texto hace más de un año. Sonrío ahora al recordar la promesa de una espera que no cumplí, al recordar un amorío que ahora a la distancia me parece tierno y pequeñito. Pero, ¿qué le voy a hacer si el tiempo se encarga de todo y yo soy una cursi de clóset que se enamora cada tres pasos?

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Va a estar bien difícil que mi madre le prepare a usted que lee unos deliciosos huevos montados sobre una tortilla frita –a menos que sea de mi círculo de amigos cercanos–, mientras, puede pedir los del Lindero, que se defienden bastante bien.

El chocolate semiamargo relleno de zarzamora dulce lo venden en la dulcería de Sanborn´s. Pruébelo. Si le gustan los sabores contrastantes, le va a encantar.