Mujer de vuelos

Miguel Ángel Camero

Foto: Miguel Ángel Camero

Erika Said Izaguirre

 

YO FUI UNA ADOLESCENTE FEMINAZI

 

¿Qué motiva a unas chicas de dieciséis años a formar una banda? Aún me lo pregunto cuando pienso en Menstrual Power, que si bien no fue la primera banda de mujeres del puerto, sí fue la primera banda de mujeres adolescentes. Melissa Ortuño y yo debutamos como rockeras en el Festival de Expresión Artística de la preparatoria del Instituto Cultural Tampico (ICT), mismo colegio que vio caminar a Rockdrigo y al Subcomandante Marcos entre sus pasillos. Aquel primer grupo musical se llamó SPM (acrónimo de Síndrome Pre-menstrual), interpretamos canciones de las New-Metaleras Kittie y de Deftones. Esa noche fuimos descubiertas por Jorge Hernández, el psicólogo de la escuela, quien además era músico y productor amateur, él nos puso en contacto con su prima Sandra Hernández: una baterista delgadita, bajita, diez años mayor que nosotras pero se veía de nuestra edad, usaba playeras de The Ramones y era novia de Dodo, conocido guitarrista local.

Lo de “Menstrual” se me ocurrió a mí y la idea era “provocar y transgredir”, como buena punk en desarrollo. Hasta mucho después entendí que con ello estaba ejerciendo un feminismo al cual estuve expuesta, indirectamente, gracias a la cultura popular misma, como explicaré adelante. Según las feministas –y según yo– la menstruación no es algo de lo que debamos avergonzarnos las mujeres, es un tema del cual se debe hablar libremente sin conmoción o vergüenza. Hoy es común hablar de ello en parte gracias al feminismo, pero hace décadas era impensable mencionar la palabra menstruación en lugares públicos. De ahí Menstrual Power, un nombre que ahora, a la distancia de los años, me parece que llevaba en sí el espíritu de principios del siglo XXI. Teníamos una canción llamada “Succubus” que era la voz de un demonio femenino hablándole a su víctima. Otra se llamaba “Siete días impura” y discurría sobre cómo en los tiempos de Cristo las mujeres eran enviadas lejos de la ciudad por siete días cada vez que les llegaba su período menstrual. Otros títulos hablaban de emociones (un tema por demás femenino) e incluso del aborto. Éramos feministas sin saberlo.

De niña crecí con caricaturas como Josie and the Pussy Cats Jem and the Hollograms, donde las protagonistas cantaban en bandas formadas por mujeres que rockeaban con mucho estilo. Eran estímulos visuales a la vez que auditivos para una niña que desde temprana edad comenzó a mostrar sensibilidad por el arte. Gracias a las aspiraciones clasemedieras de mi familia –lo cual agradezco–, tuve lecciones  de pintura, de piano, fui parte del coro de la escuela y escribí poesía que mi abuela me celebró.

Vivía en una privada en la Colonia del Maestro, mi madre trabajaba tiempo completo y aún llegaba a casa a bordar vestidos o hacer moños de niña para vender; como madre soltera, siempre buscaba formas de incrementar el ingreso familiar. Aunque algunos puedan pensar que descuidó a sus hijas, la verdad es que los vecinos de la privada estaban en situaciones similares, casi todos nos conocíamos y como había muchos infantes, pudimos llevar una niñez en hermandad, sin peligro, sin soledad y, mejor aún, sin mucha supervisión adulta: libertad total. Yo solía jugar al futbol con los niños mientras las niñas jugaban a las muñecas. Uno de mis vecinos, Ricardo Vela, era fanático de Jim Morrison. Hoy Ricardo es un guitarrista reconocido en la escena post-rock de Monterrey.

En una edad incierta entre los seis y los diez años decidí formar una banda con mi hermana, mi prima y mi primo. Yo misma elegí los instrumentos: la batería era una caja de plástico para guardar colores junto con una caja de aluminio que había llegado a mis manos como empaque de chicles, las baquetas eran dos lápices. En casa teníamos una flauta, un pianosaurio y una cítara. A esta última la imaginamos como una guitarra eléctrica y desde entonces las cuerdas se convirtieron en mi instrumento. Otro recuerdo de mi niñez fue en medio de la fiebre por Gloria Trevi y su personalidad alocada. Hay que aclarar que Trevi poseía un look prestado un poco de la Madonna new-wave ochentera y un poco del post-punk gótico que a finales de los setenta iniciara Siouxie Sioux. El boom Trevi se dio en los noventas, más de una década tarde. Por entonces asistí a una piñata en el patio de una casa particular donde participé en un concurso de baile; en cuanto se oyó el bombo de “Pelo suelto”  mis compañeras comenzaron a bailar, yo corrí a esconderme en el cuarto de servicio, ahí vi una escoba y encontré la manera de sobrellevar mi vergüenza: tomé la escoba y regresé al “escenario” tocando una guitarra imaginaria. Gané el concurso.

En México vivíamos el gobierno de Salinas de Gortari, estabilidad económica, los albores de la entrada del nuevo siglo. Yo alimenté mi acervo cultural y musical con lo que me llegaba de la televisión por cable y mis visitas anuales a McAllen, donde participé fervientemente del consumismo que la firma del Tratado de Libre Comercio había facilitado. Estados Unidos pasaba por una moda juvenil neo-hippie que imitaba a la de los años sesenta. En las tiendas vendían pantalones acampanados, blusas sicodélicas, cuadernos y calcomanías con leyendas como Girl Power. A los doce años compré mi primer CD: “Torn”, de la cantautora Natalie Imbruglia. Estaba aprendiendo inglés, ello me hizo apreciar sus letras y comenzar a escribir mis propias canciones. Me enseñé a tocar la guitarra. Después de ese CD, compré el Celebrity Skin de Hole, el Nevermind de Nirvana y She’s got issues de The Offspring: me había convertido al rock alternativo.

En secundaria me fui a vivir a Ciudad Juárez donde entré en contacto con la sociedad fronteriza, menos tradicionalista que la tampiqueña. Ahí terminé de erigirme como punk / grunge / new-metalera. Volví a Tampico con un look dark y mucha seguridad en mí misma. Antes de irme a Juárez sufrí de baja autoestima, nunca terminé de encajar en el mundo católico derechista del ICT. En Juárez me reafirmé como mujer y como rockera, tuve admiradores, amigos que escuchaban la misma música que yo, que se vestían como yo, que preferían ir a un concierto de rock en vez de a una tardeada a bailar. Incluso volví siendo novia de quien hoy es mi esposo, un rockstar local de Texas, guitarrista de una banda llamada Fake Clone. Volví siendo otra y esa otra fue quien creó Menstrual Power.

Por entonces escuchaba música riot grrl, la versión femenina/feminista del punk, chicas que promovían el empoderamiento de la mujer y tenían muchas ganas de derrocar al patriarcado con algo tan inocente como canciones llenas de gritos. Comencé a coleccionar discos de grupos donde tocaban mujeres. Me uní a foros de Internet donde las bandas de mujeres de México dialogábamos. Aún con todo esto, no supe del feminismo propiamente hasta que estuve en la universidad, muchos años después de mi banda adolescente.

Y esa fue, en breve, la historia cronológica de mi rockerismo y también, un poco, la de mi feminismo, pues sin duda ambas tendencias en mí han ido siempre de la mano. Y aunque fui de un grunge tardío al new-metal, del punk al post-punk, de ahí al metal, luego al rock gótico, luego al new wave, luego al new rave, luego al electrónico, luego al indie dance, luego al indie rock, luego al shoegaze, luego al dream pop, luego… bueno, no ha sido tan simple como suena. Casi todos los géneros, aunque se odien, se ven obligados a ser amigos en mis listas de reproducción, hay unos que siempre me acompañan, como el post-punk, otros que ya no escucho, como el new-metal. También hay muchos en medio que no formaron parte de mi estilo de vestir, mas sí de mis gustos e influencias: jazz, blues, bossanova, folk, salsa, tango, huapango… Una melómana no se conforma con un solo estilo, tiene que probar de todo. Ahora mismo, sólo como otro dato irrelevante más de esta columna: mientras escribo esto suena “Everything Now” de Arcade Fire.