Material de sueños

Foto: Fuente Internet

Roberto González Elizalde

 

ISLA DE LA ISLA

 

I

Un hombre aburrido, por fuerza, precisaría ser un hombre simple. Frente al pájaro muerto en la jaula, frente a los cuadros de Wilfredo Lam, frente a la Revolución, frente a la amenaza nuclear: el bostezo. La voluntad de asombro embotada. Inspeccionar el día desde el balcón del departamento y declarar, simple, que todo sigue igual. Desde el telescopio sondear que el argumento es verificable –no obstante las consignas rebeldes plasmadas en los muros. Pensar que todo es una escenografía; paredes falsas de cartón. Mirar de cerca lo lejos permaneciendo lejos; tan arriba donde la realidad no perturbe, no fastidie, no altere el tedio.

II

La indiferencia de Sergio Carmona es su punzante arma contra un mundo que está cambiando ante sus ojos, pero no le despierta el menor interés ni conmoción; esto es claro. Lo chocante es que ese sentimiento, esa corta defensa suya, se produzca en un hombre culto (o en otros términos: con medios para acceder a la alta cultura), sensible, con cierta disposición a lo estético. Quiere elaborar un libro de cuentos para ver si tengo algo dentro. Aporrea una máquina de escribir para que la mujer del aseo (con quien fantasea bautizarla sumergiéndola en un río, irreverencia profana culterana) no piense lo que, dice Sergio, realmente es: un vago. Pero es con su vagabundeo que se abren paso las reflexiones e imágenes que le vienen de su cotidianeidad y su manera de comprenderlas. La desazón de un mundo que se le desmorona y del que no quiere tomar parte lo empuja a replegarse en el pasado.

III

Carmona odia a Cuba. No tolera La Habana desde que ya no parece el París del Caribe. Qué feo que no podamos ser los otros y que tengamos por fuerza ser esto que somos que apenas y se alcanza a ser. Con cinismo y descaro se proclama burgués. No contrarrevolucionario; eso lo comprometería a asumir una posición frente a los hechos que se desenvuelven veloces, tan ágiles como el abrir y cerrar de su encendedor. Acaso está molesto porque los restos de “civilización” se escapan por el caño del subdesarrollo, como el agua del grifo que abre y cierra en el hastío de su departamento. El discurso de Fidel Castro intercalado en la película sobre la dignidad cubana no resuena, se pierde. Mientras, Carmona lamenta la falta de consecuencia en el pensamiento cubano.

IV

Sólo las mujeres parecen entusiasmar a Sergio. Las “educa”, las “cultiva”, las viste para ocultar la precariedad. ¿Precariedad de qué? Algo tendrá el subdesarrollo para Sergio que es necesario engalanarlo con paños. Pero las mujeres no le interesan más allá del entretenerse; si acaso sólo para servirse de ellas como el reflejo de todas sus frustraciones con la isla. Mírala, tan buena que está y pensar que tiene la barriga llena de frijoles negros.

V

Sergio Carmona solo, desenfocado, avanza con aciago. Dónde está es difícil precisarlo. Parece la pista del aeropuerto donde todos los que me querían y estuvieron jodiendo hasta el último minuto se han ido ya. Vagabundea, reflexiona. En el subdesarrollo nada tiene continuidad, dice Carmona. Con un bloqueo económico encima es poco probable la prosperidad de cualquier iniciativa.

VI

“¿Quiénes son estos personajes, estos sujetos cuajados de escepticismo, observadores diletantes, que tienen además el privilegio de la duda y del discernimiento intelectual, sino típicos héroes de la modernidad, oscilantes entre las promesas iluministas y la decepción burguesa?” (Astrid Santana, Literatura y cine: Lecturas cruzadas sobre las Memorias del subdesarrollo).

VII

En 2018 se cumple medio siglo de la realización de Memorias del subdesarrollo, película dirigida por Tomás Gutiérrez Alea, basada en la novela homónima de Edmundo Desnoes. Ahora que la maquinaria se ha empeñado en animar la crisis y el terror en Venezuela. Ahora que los supremacistas llegan a presidentes y sus enloquecidas huestes marchan por las calles de un país que se presume democrático y vigilante del mundo. Ahora que los bandidos no se sacian de infamar y de saquear. Ahora, ¿qué hacer? Al menos no ser otro Carmona, al menos no ser impasibles frente a lo ominoso, ni ceder más de lo ya secuestrado. Al menos.