La música indígena en el Nuevo Santander

Foto: Fuente IQCA

Francisco Ramos Aguirre

 

LA MÚSICA INDÍGENA EN NUEVO SANTANDER

I

Existen suficientes vestigios para explicar que, anterior a la fundación de la Colonia del Nuevo Santander en 1749, la música, canto y baile, formaban parte de la cultura y entretenimiento entre los grupos indígenas, asentados a lo largo del territorio de la Costa del Seno Mexicano. Sin embargo, al menos hasta finales del siglo XX, muy pocos musicólogos mexicanos consideran este período en sus investigaciones académicas. Incluso Gabriel Saldívar, autor del célebre libro: Historia de la música en México (1934), dedica sólo unos cuantos párrafos, alusivos al huapango o son huasteco de Tamaulipas. Basado en los testimonios de Vicente de Santa María, dicho historiador opina que tal vez los indígenas de los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas: “…tuvieron la música más rudimentaria entre los antiguos habitantes de lo que comprende ahora la República Mexicana.” Igualmente, no refiere datos acerca de la enseñanza musical entre los numerosos grupos indígenas que habitaban la extensa región del noreste. De cualquier manera, Saldívar expande un poco más sus opiniones sobre la música y danza de los huastecos en el libro: Los indios de Tamaulipas (1943).

Entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado, como parte de un ambicioso proyecto de identidad nacionalista, el gobierno mexicano impulsó la música tradicional de las regiones. Bajo estas circunstancias, el interés de Vicente T. Mendoza, Rubén M. Campos, Otto Mayer-Serra, Henrietta Yurchenko, Gerónimo Baqueiro Foster y otros importantes folcloristas y musicólogos, estaba puesto en Oaxaca, Veracruz, Guerrero, Jalisco, Morelos, Chiapas, Hidalgo y Michoacán. De acuerdo a Saldívar, para los pobladores primitivos de estos lugares, la música tenía poderes mágicos, y desde luego raíces ancestrales. Rubén M. Campos, aprovechó este momento, y publicó en 1928 el libro: Las Danzas Aztecas, donde describe fiestas, ritos, cantos, bailes, educación musical y vestuario de los mexicas. No está por demás señalar que la historiografía del México Antiguo, escrita en su mayoría por frailes, documenta algunos pasajes de la vida cotidiana, por ejemplo: la danza, la comida y la música.

Al concluir la Revolución Mexicana, la formación musical europea que se impartía en el Conservatorio Nacional alternó con un nuevo esquema de valoración, respecto de las raíces y expresiones musicales en nuestro país. Manuel M. Ponce y los jóvenes Carlos Chávez, Vicente T. Mendoza, José Rolón, Jerónimo Baqueiro Foster y José Pomar, fueron los pioneros en interpretar las inquietudes nacionalistas del nuevo gobierno. En 1921, Chávez escribió el ballet azteca El Fuego Nuevo. El regionalismo, dice este compositor:

…se convierte en verdadero nacionalismo cuando éste es la suma equilibrada de todas las regiones. El estilo nacional, será el resultado del conocimiento mutuo de los mexicanos. En México, no solamente existe desconocimiento entre la gente de la ciudad y la del campo, sino que aún dentro de la ciudad hay un sinnúmero de grupos más o menos “cultos” que se excluyen unos a otros.

Silvestre Revueltas, Pablo Moncayo y Blas Galindo, entre otros, también respondieron a ese llamado que definió la personalidad musical de México, con la creación de sus obras: La Noche de los mayas, Cuauhnáhac, Huapango y Sones de Mariachi.

El único músico académico que se negó a seguir el juego de las expresiones creativas nacionalistas fue el potosino Julián Carrillo, artífice de la teoría musical del Sonido 13: Lo curioso de la ocurrencia de Carrillo, más de la contabilidad que de la armonía, fue que tener más notas y tonos, produciría más y mejor música… Carrillo anunció haber localizado “mil ciento noventa y tres millones quinientos cincuenta y seis mil doscientas treinta y dos escalas.” y enseguida lamentó que Mozart hubiese contado sólo con cuatro. Sin embargo, los iniciadores de este movimiento social, lo hicieron suyo en 1931 durante la Primera Semana Nacionalista, argumentando que se trataba de una obra mexicana reconocida a nivel mundial y que, por lo tanto, merecía el apoyo de la mencionada campaña. Más todavía, el maestro Carrillo recibió la propuesta de trasladarse a Europa, donde explicaría su invento musical y organizaría una orquesta sinfónica con filarmónicos internacionales. Por tal motivo, era necesario echar mano de algunos recursos financieros para su promoción mundial, porque la revolución mexicana del Sonido 13 se había apoderado de la conciencia nacional: “…y los estados de San Luis Potosí, Veracruz, Puebla y México, han acordado patrocinarla, para que cuanto antes se implanten en el mundo entero las teorías músico-revolucionarias de que es autor el C. Julián Carrillo.”

De regreso al noreste mexicano, uno de los esfuerzos más loables, respecto de la promoción de la música popular en Tamaulipas, se relaciona con el Primer Congreso de la Sociedad Mexicana de Musicología, celebrado en Ciudad Victoria (1985), en el cual participaron importantes folclorólogos y etnomusicólogos, quienes aportaron sus más recientes conocimientos acerca de la música mexicana en sus diferentes expresiones: indígena, popular, huasteca, infantil, etc. Así por ejemplo, Fernando Nava López se refirió a la Danza de Infantería o de a Pie, en Mamaleón, municipio de Tula, Tamaulipas. Asistieron también: Mario Kuri Aldana, Elisa Osorio Bolio, Jas Reuter, Manuel Álvarez Boada y Francisco Alvarado Pier, uno de los principales promotores de este encuentro.

La música indígena neosantanderina se relaciona con ceremonias rituales, acciones de guerra, religión y ciertos aspectos de su vida cotidiana, entre los cuales podríamos incluir la actividad laboral. Después de todo, como señala el folclorista alemán Karl Bücher, el origen de los más remotos cantos está relacionado con el ritmo del trabajo: “Los salvajes transportaban las cosas pesadas (grandes maderos, piedras enormes) al compás de exclamaciones que facilitan y aligeran la carga, haciendo simultáneo el esfuerzo de los trabajadores.” Por ejemplo, en Guinea, los africanos recolectores de cacao entonaban a coro cierto tipo de canciones mientras realizaban su trabajo.  En el México actual, este fenómeno se puede observar en las actividades propias de los albañiles, vaqueros, conductores de transporte urbano y trabajadoras domésticas, acostumbrados a ciertos sonidos musicales.

Desde luego, anterior a la época santanderina, no existían en este territorio, instrumentos de origen europeo: violín, arpa, guitarra y jarana. Más bien, en sus afanes rituales y entretenimiento, las tribus echaban mano de su imaginación, para crear objetos rudimentarios de aliento y percusión fabricados en madera como el teponaztli; además de caracolas, silbato de barro, sonajas de guaje, semillas y otros objetos creados de osamentas de animales. De esta manera, surgieron: sonajas, guajes, cascabeles, ocarinas, silbatos, flautas, huéhuetles, tambores y “güiros” que sirvieron, antes y durante la colonización escandoniana,  para sus interpretaciones musicales rudimentarias. Al respecto, las investigaciones sobre cultura huasteca en el Golfo de México, documentan ocarinas y silbatos de barro moldeado. En el caso de este grupo indígena, las flautas, silbatos y sonajas de barro, también formaban parte de los entierros funerarios. En tanto, ignoramos si dentro de su educación existían escuelas donde los jóvenes alumnos tomaran lecciones de canto y danza.

Uno de los primeros registros relacionados con la música prehispánica en el antiguo territorio que después se denominó Tamaulipas, es la manifestación del mitote o baile ceremonial entre los grupos indígenas de este territorio. En efecto, durante un recorrido por las orillas del Río Bravo en 1535, Alvar Núñez Cabeza de Vaca localizó en una de las rancherías a un grupo de indios que bailaban y cantaban, utilizando una sonaja de guaje:

Los indígenas le dijeron a Alvar que los guajes provenían del río durante las crecientes y que eran recogidos después de que bajaban las inundaciones. Este guaje de resonancia también fue empleado por los chamanes en rituales de sanación de personas. Los datos provenían de una ranchería cerca del cruce del río cerca de la actual Ciudad Mier.”

Durante un viaje de investigación en San Antonio Nogalar, municipio de González, Tamaulipas, el antropólogo francés Guy Stresser-Péan, localizó numerosas sonajas esféricas y silbatos de barro cocido. Probablemente, estos objetos eran utilizados para la producción de sonidos durante las ceremonias, bailes y rituales religiosos. Igual las podemos relacionar con alguna expresión cultural, o en su caso con el entretenimiento de los infantes. Otra de las piezas que menciona es una flauta de caña, ligeramente decorada; además de las ocarinas, encontradas en 1968 por Richard Mc Neish en la Sierra de Tamaulipas. Precisamente en esta región, existe un sitio arqueológico denominado Tanhuanchin que significa: “lugar florido o de sonajas.” Esta clase de instrumentos, llamadas antiguamente ayacachtli, servían para reforzar sus cantos.