Cierto Testimonio

Foto: Miguel Ángel Camero

Celeste Alba Iris

 

I

No recuerdo mis sueños.

Me esfuerzo y nada.

Nada. De veras nada.

En cuanto cierro los ojos cae el telón del día. Al abrirlos la vida continúa.

Mi vida parece trascurrir en un encendido y apagado, horas de sueño por medio, encendido y apagado.

Según la psiquiatría esto que me sucede es como la desmemoria de mi yo alternativo, ese que anda por donde le viene en gana mientras duermo.

¿Cuándo fue que soñé por última vez?

El viernes tuve pesadillas. Mi marido me despertó con una sacudida suave.

ENCENDIDO. ¿Con qué soñabas? ‒me preguntó.

No lo sé ‒respondí‒, debe ser esta cobija demasiado gruesa para el clima.

Estoy empapada de sudor. APAGADO.

Me esfuerzo y algo.

Algo. Pero muy poco.

Tengo una casa de tres pisos, en el sueño por supuesto. En el tercer piso oculto a un hombre. Nadie sube hasta ahí. Nadie sabe que lo resguardo.

Eso es todo lo que veo.

También tengo la sensación de que a ese hombre lo protejo, que ni mis hijas ni mi esposo estarían de acuerdo con su presencia. No es mi familiar, no es mi amante, no es un extraterrestre, no es un fantasma y era real mientras dormía.

¿Cuándo fue que me desperté de esto?

Estoy segura que antes soñaba con más frecuencia aunque por ahora no me acuerde más. Entonces no usaba gafas. El optometrista fue claro conmigo y me dijo: tiene que ponérselas de diario. ¿Acaso la prescripción incluía también las horas que duermo?

Quiero ver mis sueños nuevamente. En adelante dormiré con la lámpara encendida, con la colcha ligera y las gafas bien puestas.