Arder en silencio

Foto: Miguel Ángel Camero

Josué Iván Picazo Baños

 

ARDER EN SILENCIO

 

Aquel grupo compartía una desesperación, una petición de justicia y acaso un  objetivo político. Tenían fe en que el gobierno mexicano dirigiría a ellos su piadosa mirada.

Eran unos cientos, un puñado de figuritas vestidas de blanco que no representan nada en términos estadísticos, pero que podrían significar mucho para una ciudad como Tampico donde casi nadie sale a las calles si no es para buscar placer o participar de la efervescencia religiosa.

Esa tarde decidieron bloquear algunos carriles de la avenida Hidalgo. Sobre una  tarima, «el hombre en silla de ruedas» leyó un mensaje que nada decía salvo exigencias políticamente correctas. Se lanzaron peticiones a un Estado que ya es una ilusión, palabras  que se elevaron y se perdieron en la vastedad del cielo.

Al otro lado de la avenida, decenas de vehículos alineados en estrechas hileras  avanzaban con torpeza pues sus conductores se impedían el paso mutuamente. El rugido de los motores era amenazante. Las bocinas resonaban.  Después de los discursos, los manifestantes encendieron veladoras: cientos de llamitas sobre el asfalto.  Desde un extremo del contingente, observaba sin ánimo de participar en esa ceremonia de la que no me sentía parte. Pero una mujer se dirigió directamente hacia mí, puso una veladora en mis manos y la encendió. Sentí la obligación de resguardar la llama como a una pequeña criatura, clavé la vista en el fuego y me concentré en mantener la combustión viva.  «El hombre en silla de ruedas» pidió que guardáramos un minuto de silencio y entonces aquello tuvo significado.  Sin palabras, un reclamo auténtico afloró. Sentí la conmoción de estar ante algo que parecía verdadero. Eso ya no era una protesta sino una ofrenda; no un plantón, sino un memorial. Ahí estábamos pensando en nuestro siglo violento ‒otro más‒, en los miles de muertos. Recordamos rostros ‒uno o dos o tres‒, imaginamos a los desconocidos,  asumimos lo terrible. El dolor es el mismo para todos.

Sentía el débil calor del fuego entre mis manos y el corazón agitado dentro del pecho. No apartaba la vista de la vela. Ya lo han dicho: la propia existencia es como ese fuego. Junto a mí había cientos más, luminosos y frágiles. Ardíamos en silencio aferrados a este mundo y a nuestras esperanzas más profundas y puras. Nada de esto se parece a nuestros sueños, ¿algún día será así?

La tarde caía y el viento acabó por apagar mi vela. El minuto de silencio aún no concluía pero la luz y el calor se habían extinguido; la calma me arropaba. Al poco rato todo aquello se disipó. Los pabilos humearon, los manifestantes volvieron a sus casas y sobre la avenida se reanudó la circulación ‒humanos dentro de máquinas desplazándose indiferentes a las sutilezas del dolor. La ciudad oscura nos engulló a todos.